El próximo 23 de febrero finalizará en el Archivo de Indias, en Sevilla, la exposición “El Viaje más largo”, que cuenta la gran aventura de la primera vuelta al mundo. Con entrada gratuita, la muestra explica el viaje iniciado por Fernando de Magallanes en 1519 y concluida por Juan Sebastián Elcano en 1522.

Por supuesto que recomiendo su visita, y me ha parecido interesante mostrar aquí las imágenes relacionadas con la alimentación a bordo de la flota de navíos que participaron en esta ruta marítima, por mares desconocidos. Los objetos de la parte inferior de la imagen son originales.   

Fueron grandes navegantes, personas de honor y de tesón, los que en aquel momento se empeñaron en la expedición, con la amenaza de los portugueses, nuestros competidores por el dominio del mar (Por el Tratado de Tordesillas España y Portugal se reparten el mundo conocido entonces). No obstante, Magallanes toma la ruta portuguesa para despistar a los lusitanos. Y afortunadamente contamos con datos del viaje gracias a que los 18 supervivientes escribieron sus experiencias durante el mismo. La primera vuelta al mundo –a comienzos del siglo XVI- supuso la primera globalización. Desde entonces, nuestro mundo queda definitivamente conectado.

El viaje fue financiado por capital privado y su objetivo era conseguir especias, el más codiciado producto, signo de distinción, igual que las piedras preciosas. En 1453 los otomanos toman Venecia, y se cierra la Ruta de la Seda, acabando con el monopolio de las repúblicas italianas, y obligando a buscar rutas alternativas.  Por ello, las especias alcanzan ya unos precios desorbitados, propiciando aventuras como este viaje para conseguirlas. Era el llamado oro vegetal, cuyo precio crece exponencialmente al ir pasando de mano en mano por las diferentes rutas terrestres procedentes de Oriente. Cristóbal de Haro, judío burgalés, fue un importador de especias.

Como curiosidad, se bebía más vino que agua, procedentes de la Sierra Norte de Sevilla, del Aljarafe y de Sanlúcar de Barrameda.

Algunos alimentos a bordo eran: pescado, carne, dulce de membrillo, almendras, pasas y ciruelas, garbanzos y lentejas, bizcocho, harina, habas y arroz, aceite y vinagre.

Pero con el tiempo, se agotaron las provisiones, y según contaron los propios protagonistas, se vieron obligados a comer y beber: agua descompuesta, serrín de madera como único alimento, ratas (convertidas en caro manjar), pedazos de cuero (procedente del palo mayor, que había que remojar en agua salada previamente) o galletas (polvo mezclado con gusanos). 

En cuanto a las especies, las más usuales eran: clavo, canela, nuez moscada, jengibre y pimienta, que servían para aportar sabor, actuar como medicamento, para la conservación alimentaria y por pura ostentación.

Y el resumen de la expedición: 32.000 millas recorridas, 127 fallecidos, 13 desaparecidos, 70 desertores y 18 supervivientes. Fue el viaje más largo.