Me apunté a una visita guiada para el 19 de mayo  –siempre fui por mi cuenta-  al Oratorio de la Santa Cueva, en Cádiz. El encargado de explicar a mi grupo fue el abogado Ángel Guisado, vinculado al mundo de las hermandades,  ya que el acto estaba organizado por la Cofradía del Perdón.

Ya conté a mis presuntos lectores que decidí “apadrinar” esta joya artística gaditana, bajo la campaña “Una persona, un monumento”, modesto y sentimental compromiso ciudadano, derivado de mi eterna admiración por este lugar religioso, propiedad del Obispado. Es por ello que aprovecho todas las oportunidades para conocer más acerca de su naturaleza, su contenido histórico y artístico, y, por supuesto, escuchar lo que expresan los símbolos entre sus paredes.  

La Santa Cueva es de los edificios gaditanos mejor conservados en la actualidad. En 1783 se construye la planta baja y la capilla alta en 1796. Pertenece a una época marcada por la lucha entre una concepción religiosa tradicional de la vida y los nuevos aires ilustrados llegados de Europa, a los que la ciudad no era indiferente.  Y un ejemplo de ello son las referencias masónicas existentes en el edificio. Cádiz, ciudad cosmopolita.

Comenzó la visita con la explicación del cuadro de la fachada -copia protegida con cristal- que representa a la Virgen del Refugio, amparando a pecadores de todas las capas sociales, incluyendo a la orden jesuítica, cuyos miembros son expulsados de España en 1767, antes de construirse el Oratorio.

E inevitablemente, había que hacer referencia al gran mecenas del Oratorio, el padre Saénz de Santamaría, Marqués de Valdeíñigo, nacido en Veracruz (Méjico), cuya familia se establece en Cádiz. El benefactor invirtió toda su fortuna (heredada de su padre y su hermano) en la construcción de la Santa Cueva.  

Y por recordar los orígenes, todo comenzó con las reuniones el jueves por la noche en un local cercano al Arco de Garaicoechea, frente al convento de Los Descalzos, dónde un grupo de varones practicaban los ejercicios espirituales de la Madre Sor María de la Antigua (humilde e inteligente monja clarisa del convento de Marchena, Sevilla, que los publica). El lugar, próximo a las mancebías, levantó comentarios entre la gente; tanto que el entonces obispo Fray Tomás del Valle decide comprobar personalmente el motivo de las reuniones, visitando el local sin previo aviso. Tranquilizado, les propone una nueva sede de reunión. Y así, el grupo de ejercitantes fue acogido en la Parroquia del Rosario, anexa al actual Oratorio.

Y fue allí durante las obras, en la que el peso de los materiales acarreados por las bestias abre un agujero en el suelo que deja al descubierto el sótano del edificio.  En él se empieza a trabajar para la construcción del nuevo y actual Oratorio, contando con el Marqués de Valdeíñigo, mecenas desde 1761.  Al morir, se entierra en el nuevo cementerio de San José, pero luego se trasladan sus huesos al Oratorio donde están actualmente.

La primera parada, subiendo a la capilla sacramental, nos mostró en una vitrina un Sagrado Corazón de Jesús, devoción que llega por los filipenses y jesuitas, una obra que llega en la época de disolución de estos últimos, pero que en Cádiz alcanza una gran popularidad devocional. Y ya en la capilla, pudimos contemplar y valorar de nuevo los bajorrelieves de las paredes laterales, con santos jesuitas como San Estanislao de Kostka o San Luis Gonzaga. Llaman la atención los dos confesionarios, de corte moderno para la época.

En cuanto a los cuadros, cinco en total, tres de ellos de Francisco de Goya,  el guía señaló el de la Santa Cena, donde todos los comensales  -Jesucristo y los Apóstoles- se sientan a la misma altura. En cuanto al cuadro de las Bodas de Canáan, dijo que transmite tranquilidad, teniendo al vino como centro de la celebración. 

Goya estuvo tres veces en Cádiz. La primera vez, para curarse de su sordera (enfermedad profesional) siendo amigo de Sebastián Martínez, que lo aloja en su casa. En un segundo viaje, viene a ver a la Duquesa de Alba, veraneante en Sanlúcar. La tercera vez fue para terminar sus obras.

La visita acabó en la capilla penitencial, donde se rezaban y meditaban las Siete palabras de Jesucristo en la Cruz, los viernes santos desde las 12 a las 15 horas. Para acompañar las reflexiones a estas palabras (la práctica del sermón de las siete palabras viene del jesuita peruano P. Castillo, pendiente de canonización), se encargó al entonces compositor más importante de Europa, Haydyn la obra «Las Siete Palabras de Jesucristo en la Cruz».  El célebre autor terminó su obra puntualmente para la inauguración del Oratorio, retrasando otros importantes encargos, gracias a la influencia del Marqués de Mérito, amigo personal suyo. La partitura se compuso para orquesta, cuarteto de cuerda, orquesta y coro y piano. Con 20 músicos como máximo, que tocaban desde arriba sin participar de los actos de la capilla baja. 

Se dice que las paredes de la capilla eran rojas, para disimular las salpicaduras de sangre de los disciplinantes. Carlos III prohibió estas prácticas en las procesiones.

De admirar es el grupo escultórico del Calvario, en el altar, de excelentes figuras policromadas, que llegaron a salir en procesión. En ese lugar estuvo el sillón hoy situado al final, donde se sentaba el director de los ejercicios.

Como siempre, recomendar la visita a la Santa Cueva.

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