Llegó y pasó el otoño-invierno y los tomates no han faltado nunca en estos meses en mercados y fruterías, en sus diferentes tipos y orígenes, de invernadero o fruto de I+D agroalimentario  (en los super supongo que también, aunque no los frecuento); en breve tendremos el tomate de plena temporada, y me refiero a las variedades básicas en todo su esplendor  para frito, sofritos y, sobre todo, para el gazpacho, gran entrante y refrescante plato de verano, que nunca cansa tomar y cuyos beneficios son manifiestos para la salud en directo. Me toca defender este plato hecho en casa, como tantos otros de comida real.

Esperando que las temperaturas se suavicen, que lleguen esos tomates carnosos, de olor y sabor más ácido o más dulce, sigo cocinando otras verduras en el papel de guarniciones en nuestros menús, pues en casa las hortalizas frescas son obligatorias. Pero acabo de leer un artículo referido a los gazpachos envasados, recopilando y repasando nada menos que 27 marcas distintas que comercializan estos gazpachos, y que reciben más o menos críticas de revistas como la OCU u otros comunicadores gastronómicos.

Compruebo que la industria trabaja incansablemente para facilitarnos la vida en lo que a alimentación se refiere, produciendo platos preparados que intentan parecerse lo máximo posible al original hecho en casa, como es el caso de gazpacho.

Personalmente sitúo al gazpacho envasado como solución al desavío, como excepción por imposibilidad de prepararlo en nuestra propia cocina. Creo que por falta de tiempo de compra y de elaboración. ¿Pero, qué tiempo se tarda en preparar un gazpacho fresco, reuniendo ingredientes, batiéndolo y triturándolo y aliñándolo a nuestro gusto?. Y ¿qué tiempo se tarda en hacer un pedido a la frutería del barrio para que nos traiga a casa los productos que conforman esta sopa fría?.

El gazpacho propio de uno trae una información de origen, casi genética, pues sabemos de dónde viene y cual es su pasado en la tierra. Igual ocurre con el resto de los ingredientes como pimientos, ajos, cebollas, pepinos o sal. Por no hablar del vinagre o del buen aceite de oliva virgen extra que podemos aportar de nuestra cocina.

Aparte de las pegas que reciben estos gazpachos envasados, que por lo visto están siendo exportados a diversos países de Europa (y alabo que intenten llevar allí nuestros «sabores»), mi crítica principal es por la pérdida cultural de la decisión de tomar gazpacho envasado, y por no afrontar la elaboración de un gazpacho auto dirigido, casero, único, distinto, adaptado a nuestros gustos. Es decir, con marca propia.

Cocinar un gazpacho, algo rápido y sencillo, es un pequeño gran acto de libertad gastronómica, a la que no deberíamos renunciar.  Todos deberíamos ser dueños de nuestro patrimonio gastronómico, sin delegarlo en empresas que solo buscan rentabilidad económica. Nadie nos debería suplantar en la cocina.