Las tertulias gastronómicas del Ateneo de Cádiz, coordinadas por María Luisa Ucero, contaron ayer miércoles con una protagonista de excepción. Liliane Dahlmann, presidenta de la Fundación Casa de Medina Sidonia, y conservadora del archivo histórico del Ducado, habló de la La Industria Almadrabera de la Casa Medina Sidonia en las Fuentes Documentales S. XIV-XIX”. Interesantísima charla que repasó la realidad económica y social del negocio de las almadrabas en nuestras costas, durante los 400 años que monopolizaron los Duques de Medina-Sidonia; todo ello, en base al rico legado documental conservado por la familia, en el archivo privado más importante de Europa, que cuenta entre otros con 88 Libros de Almadraba.

En su presentación de la ponente, María Luisa Ucero indicó cómo Dahlmann, licenciada en Historia Moderna y Contemporánea, llega a España desde Alemania en 1963, comienza a trabajar en el Archivo de la Casa de Medina Sidonia en 1982, y tres años después se convirtió en su directora-conservadora, siendo desde 2008  presidenta de la Fundación Casa de Medina Sidonia. Liliane Dahlmann custodia documentación desde el siglo XIII hasta mediados del XVII, perteneciente a los Condes de Niebla y Duques de Medina Sidonia, los cuales ya en 1812 pierden sus privilegios en el monopolio del negocio de las almadrabas.

La conferenciante hizo un recorrido por la pesca ancestral del atún desde años prehistóricos (en la cueva de La Orca –Zahara de los Atunes- han aparecido dibujos de túnidos), hasta principios del siglo XIX. Otro factor importante fue la necesidad de contar con la sal de las salinas gaditanas para la conservación del atún.

Subrayó el poco conocimiento del público sobre las almadrabas. Todo ello, en el Estrecho de Gibraltar, un espacio único, con un importantísimo tráfico marítimo y un gran movimiento migratorio, uniendo culturas del Atlántico al Mediterráneo. El modo de montar una almadraba también se ilustra ya en documentación del siglo XIII.

El negocio de las almadrabas era muy floreciente, tanto es así que dio lugar a disputas y pleitos sobre los derechos a la pesca de atunes, sobre los que aportó abundante documentación.

En sus comienzos, las almadrabas eran de tiro, y se basaban en acercar los atunes a la costa halando de las redes. La posición de los distintos oficios estaba muy estructurada. Hasta el siglo XVIII, se necesitaban 500-600 hombres en una almadraba. Posteriormente se introdujo la almadraba siciliana, que es la que conocemos en la actualidad.

Los distintos oficios (veedores, arráeces, sotarraeces, cotreros, carreros, panaderos, toneleros, etc.) pasaban de padres a hijos. El de menor categoría era el de venturero, personas sobre todo con antecedentes por delitos, que el Duque sacaba de las cárceles para trabajar en las almadrabas.  

La temporada de almadrabas duraba cuatro meses, y la población dedicada a ella vivía aislada. Pero los Duques de Medina Sidonia siempre estaban presentes, trasladando allí su residencia hasta el final de las capturas.

El atún se vendía manufacturado (conservado en sal, para la exportación a Francia, Inglaterra, Flandes, etc.) y en verde (fresco), para que el comprador se encargara de su conservación en sal.  Todos los materiales necesarios para poner en funcionamiento la almadraba (cabos, redes de esparto, corcho, etc.) se conseguían en Doñana.

Las almadrabas andaluzas eran las más rentables, por ser el agua de estas costas más calurosas que hacía que los atunes se acercaran más a la orilla.

Para resguardo de la piratería y del constante riesgo de la Berbería, se construyeron torres vigías a lo largo de la costa.

La conferenciante aportó abundante documentación sobre las capturas de atunes en las distintas almadrabas, en las que se apreciaban variaciones significativas, motivadas principalmente por las distintas guerras acaecidas, que con las levas reclutaban capitanes y barcos de almadraba. Sorprendieron algunas cifras, por ejemplo, las capturas en las almadrabas de Zahara y Conil en el año 1548, que ascendió a 102.693 atunes, cifra hoy inimaginable.

Y habló de un personaje muy interesante, Fray Martín Sarmiento (1695-1772), fraile benedictino, escritor, botánico, culto hombre de mar y conocedor de las almadrabas, con una conciencia ecológica, pues aconsejaba no pescar nunca el atún de retorno, así como soltar las hembras.

 

En definitiva, una conferencia interesantísima, que nos dejó con ganas de saber más sobre las almadrabas, profundizando en la abundante documentación histórica, como por ejemplo, en los 88 diarios de almadraba que recogen también datos sobre la climatología, que harían las delicias de investigadores científicos.

Mi enhorabuena al Ateneo de Cádiz, a su coordinadora Mª Luisa Ucero y a Liliane Dahlmann por esta conferencia que ha superado todas mis expectativas.