Sin edad de jubilación oficial, lo estoy de hecho por mandato digamos “empresarial”, pero mis años y mi precoz (15 años) incorporación al mercado laboral me permiten contar cosas pasadas. Empecé a trabajar cuando todavía gobernaba Franco y España era otra cosa.

Acabamos de celebrar un 8-M más, el Día de la Mujer y un sentimiento de demandas insatisfechas se apodera de todas nosotras, como una marea imparable, desde diferentes estamentos: familiar, social, y laboral. Hasta que llegó la Constitución, la mujer –por ejemplo- no podía independizarse hasta los 25 años salvo para monja o casada, así era. No había demasiado interés en cambiar el estatuto femenino por parte de hombres ni de mujeres. Las niñas de mi colegio tenían interiorizados sus roles en la costura y labores y el sometimiento y, mientras tanto, yo sufría por la separación escolar de sexos.  Para mí, incomprensible.

En un momento en el que la mujer reivindica su vulnerabilidad en pareja y en el trabajo, traigo a la memoria cuanto tuvimos que aguantar las mujeres en los años 70. Éramos jóvenes, y pasábamos miedo al volver a casa de noche (a pesar de lo temprano de la recogida). Siempre había alguien que quería intimidarte por la calle.  

También los hombres nos acosaban en los autobuses –casi no nos dábamos cuenta porque nadie –en aquel ambiente pacato y de falta de educación sexual- nos había explicado estos “peligros”. Existían  “manadas” que nos molestaban y perseguían a la salida del colegio, con noche cerrada. Humillante sobeo que a día de hoy, ha quedado impune, como acosos  sexuales en los trabajos, que ni siquiera nos atrevíamos a denunciar ni a contar, porque solo podía perjudicarnos.

Supongo que esos señores abusones hoy serán excelentes padres de familia y tendrán hijas y nietas, pero durante años agredieron a aquellas colegialas y jóvenes trabajadoras que lo único que querían era estudiar o ganar un sueldo. Faltas de respeto que quedaron en el olvido.

Sociedad machista éramos entonces, con roles que las mismas mujeres transmitían como lo más normal. Dificultad para ejercer la libertad de vivir, sujeción a juicios catetos. Y luego, dura conciliación con la maternidad, acompañada de complejos de culpabilidad e incomprensiones. Ser mujer ha sido duro para mi generación, aunque algunas hemos ganado la batalla, tal vez porque fuimos conscientes de la realidad y nos rebelamos. Malos tiempos los de mi infancia y juventud para ser mujer.  

Y en todo este entorno patriarcal, sobreprotegido y humillante de entonces  guardo la referencia de mi padre, que en esos años 70 de nuestro subdesarrollo social y educativo, se atrevía a fregar los platos en casa para que mi madre pudiera descansar las piernas (cuatro hijos y sin ayuda doméstica). Papá trabajaba duras jornadas dobles, incluyendo domingos por obligación. Recuerdo que echaba la persiana para evitar la curiosidad de las vecinas, pues no estaba bien visto ayudar en las tareas de casa.

Mi padre también me apoyó y alentó en mis estudios secundarios y universitarios, (yo trabajaba y estudiaba), estuvo siempre pendiente de mis notas y me regalaba buenos libros. Los prejuicios de la época no pudieron con él.

Anteayer, en las concentraciones por el Día de la Mujer, llevé una pegatina alusiva a la precariedad laboral, la primera necesidad de conquista en mi opinión con el actual retroceso del estado social. El haber trabajado en una caja de ahorros me dio dignidad y autonomía. Sus condiciones laborales eran igualitarias. Una empresa modélica que también alguien se encargó de eliminar.  

El movimiento femenino o feminista es un sentimiento global. El mundo algún día pensará en femenino sí o sí. Y entonces todo será mucho mejor. Hombres y mujeres darán lo mejor de sí mismos.

No olvidemos a las mujeres marginadas y despreciadas como objetos aquí o lejos. Y a las que sufren el maltrato habitual, o las que no tienen papeles para trabajar legalmente o son objeto de trata por mafias. La vida no lo es sin dignidad, sin aprecio. Y apoyémonos las mujeres unas a otras.