El mediático nutricionista Aitor Sánchez en sus libros Mi dieta cojea y Mi dieta ya no cojea, habla de las galletas como una mala opción alimenticia. Junto a los cereales, las galletas “poseen una composición muy similar: harina/almidón y azúcar, pero se perciben como opciones más convenientes gracias al trabajo publicitario”.  Está hablando de las galletas que venden en los supermercados.

Todos hemos visto cómo estas tiendas dedican mucha superficie a las galletas; son varios lineales los que exhiben cajas y paquetes en distintas variedades y formatos, y muchos de ellos con dibujos infantiles en el envase para atraer a los niños.

Galletas “con fibra”, “sin azúcares añadidos”, de avena”, “con esteroles vegetales”, “infantiles, “para cuidar la línea”, “de toda la vida”, “recetas de la abuela”, “clásicas”, etc., son adjetivos que al final convencen al público en su compra, porque parecen buenas opciones para llevar, sobre todo para las comidas llamadas secundarias como es la merienda. Pero las galletas no sirven para alimentarnos, son puros alimentos superfluos que quitan más que dan. Por supuesto no se menciona las supuestas vitaminas que la publicidad atribuye a las galletas industriales.

De hecho, estos productos dulces tienen mucha responsabilidad sobre el exceso de azúcar que consumimos en nuestra dieta, aunque unas lleven más que otras. Las galletas pueden llevar también grasas saturadas y sal.

La revista OCU de este mes de febrero, en su reportaje “Dulce adicción” anota que en España tomamos de media unos 100 gramos de galletas a la semana, que nunca llevan menos de 19 gramos de azúcar por cada 100 gramos de peso (en las de Oreo el azúcar alcanza 40 g, y más aún si llevan chocolate). Las galletas tipo María o Digestive contienen azúcar pero menos cantidad (1 g de azúcar por 100 g de galleta).

La OMS fija el máximo de 25 g de azúcar diarios como límite, o cantidad diaria recomendada. Pero es que junto a las galletas podemos consumir otros alimentos que también llevan azúcar a lo largo del día. Por lo que podemos prescindir de las galletas perfectamente.

Los cuadros comparativos que publica la OCU en su reportaje, solo incluyen azúcar, grasas saturadas y sal como componentes de las galletas. No dan para más.

Desde mi óptica de voluntaria en las recogidas de alimentos para el Banco de Alimentos, veo que son muchos los donantes de galletas en los supermercados, porque son baratas o porque es lo primero que se les ocurre; cuestión que me preocupa, pues tengo claro que con esos dulces pocas comidas decentes van a poder prepararse las familias necesitadas, y van a ser malas compañías para el desayuno infantil. 

Y por último, tengo que hacer autocrítica, y me arrepiento de las galletas que di a mi hijo para merendar cuando era pequeño. Entonces no teníamos las mismas inquietudes por la buena alimentación que tenemos ahora. Espero que las madres actuales empiecen a ser un poco más críticas con el marketing alimenticio y den a sus hijos mejores alimentos, como un buen bocadillo o simplemente fruta, que siempre viene bien por la tarde.