Viendo las noticias sobre las personas presas por corrupción –políticos o personajes famosos- pienso en qué tal llevarán su régimen de vida en la cárcel, dónde no pueden estar con su familia habitualmente, reunirse con sus amigos, lucir sus buenos trajes ni joyas, y, además, tienen que comer lo que se les ponga por delante en mesas colectivas. Nada de restaurantes caros, ni de la comida que posiblemente les preparaba el servicio de sus casas.

Una pena más relacionada con la libertad del cuerpo, que no puede salir de los metros del recinto penitenciario mientras cumplan la condena impuesta: es la pena accesoria de no poder elegir sus menús a la carta, sino el rancho que se prepare a diario en las cocinas carcelarias, y que no sé qué calidad tienen. Supongo que no se les pondrán vinos –ni caros ni baratos-, ni pescados frescos de la costa, ni mariscos, ni siquiera patatas autóctonas, ni verduras gourmet. La fruta supongo que sí se les incluirá por ser alimento básico.  ¿Y el desayuno?, ¿La tostada? ¿El café?.

Si alguno de ellos quiere adelgazar tendrá que recurrir a hacer ejercicio, que eso si está muy valorado en nuestras cárceles, pues no pueden seleccionar alimentos con pocas calorías… en fin, no tienen libertad culinaria, porque no pueden ir a comprar sus propios alimentos ni tampoco encargarlos a nadie.

Pero hay limitaciones de alimentación en otras partes del mundo. Aquí mismo, hay quien debe rechazar muchos productos en la cesta de la compra por su alto precio para ellos, aunque sean ricos o nutritivos o de mayor calidad. Un auténtico drama en un país como el nuestro, con un cierto grado de desarrollo.

Y en muchos países, es el estado el que impone los alimentos a producir, a cultivar y a comercializar. La cocina está restringida a lo poco o mucho que dé el campo o el ganado, y no siempre de calidad o sin modificaciones genéticas en su crecimiento…

Con todo esto quiero decir que los privilegiados que contamos con medios económicos como para decidir qué comprar para comer y qué cocinar para alimentarnos, no sabemos lo que tenemos. La compra de alimentos es nuestro primer factor de libertad y autonomía, ya que influirá en nuestra educación, nuestra cultura y nuestra postura ante el cuidado de la salud de los nuestros y también del medio ambiente.

Pocas libertades son tan valiosas para el ser humano, junto al derecho a la nutrición pero también al disfrute gastronómico. Y pocas libertades han sido tan difíciles de conseguir y equilibrar. Mismamente en estos tiempos que nos han tocado vivir y en esta sociedad tan desarrollada, los ultraprocesados están pisando a los frescos del campo y del mar, influyendo también en nuestros hábitos de consumo.

Por ello, la libertad culinaria es un valor de progreso en la vida del ciudadano. Intereses globales menoscaban esta autonomía que nunca deberíamos ceder.