Esta entrada va dedicada a la página de Facebook “Una persona un monumento”, ya que me ofrecí a apadrinar como ciudadano esta joya del patrimonio de Cádiz, la Santa Cueva,  lo que supone comprometerse a una pequeña labor de vigilancia, apoyo y seguimiento a este bello lugar religioso, desde la pasión e interés que me produce desde que era una niña, sobre todo por  haber estado prohibida la entrada a las mujeres hasta bien entrado el siglo XX. Con tal motivo, realizamos otra visita al Oratorio el pasado diciembre, en horario de mañana.

La entrada al monumento cuesta –creo- 3 euros, aunque nosotros como jubilados teníamos un ticket reducido. El edificio es propiedad del Obispado de Cádiz, y fue rehabilitado casi en su totalidad en los años 80 por una entidad financiera, después de llevarse muchos años cerrado. 

Como siempre, el recepcionista nos dio instrucciones de cómo realizar la visita, empezando por la capilla penitencial del sótano, para continuar luego con la zona del pequeño centro de interpretación situada en el entresuelo y acabar en la capilla sacramental. 

Eran las 11 de la mañana y estábamos solos en el edificio. La austera capilla baja respiraba silencio y un olor característico gaditano, mezcla de sal, vientos y polvo de muchos años, junto a la escasa luz que la caracteriza. Solo destacaba la cúpula que cubría el grupo escultórico del altar. Allí se vivía algo mágico desde el recogimiento. Siempre llama mi atención la silla del director de ejercicios, situada al final sobre una tribuna.  Las imágenes del lugar han ido envejeciendo ganando en belleza y expresión, y todo ello con un aire de misterio y leyenda.  Se dice que allí estuvo un templo fenicio.

Hacia 1730, un grupo de varones devotos solía reunirse los jueves por la noche con el objetivo de practicar los ejercicios de la Pasión del Señor (llamados de la Venerable Madre Antigua). El lugar estaba cerca del actual Arco de Garaicoechea, entonces la tapia del convento de los Descalzos (Mercado de Abastos). No era el más adecuado por estar cerca de una mancebía, dando lugar a las murmuraciones de los vecinos. Por ello, intervino la autoridad eclesiástica, que tras las comprobaciones oportunas de las actividades de esta congregación, prohibió expresamente que se reunieran en una casa particular y promovió el traslado del grupo. 

Tras recorrer diversas iglesias, pudieron recalar por fin en la del Rosario (en la calle del mismo nombre). Entre las personas que apoyaron a esta congregación se encuentran Tomás Luis Cantalejos (presbítero y sacristán mayor del Rosario), Juan de San Ignacio (Hermano) y Francisco María Mórtula (seglar), así como Pedro Curado (presbítero y sacristán mayor). También fue importante la participación de Pedro Francisco Calderón, capellán mayor del convento de Santa María de la ciudad de Cádiz, gran predicador, que además al parecer recopiló los exercicios de la Venerable Madre Sor María de la Antigua, según el método con que se practican en Cádiz todos los jueves en la Parroquia Auxiliar de nuestra Señora del Rosario, desde las nueve hasta las doce con singular edificación de los fieles y utilidad de las almas«; esto se leía en diversas ediciones, entre ellas la editada por D. José Saenz de Santamaría, artífice de la Santa Cueva. 

La Hermandad continuó con sus actividades hasta el año 1756, en el que apareció inesperadamente bajo el suelo de la iglesia un espacio adecuado para continuar sus actividades, gracias a una obra realizada arriba. (Una de las bestias cargadas de escombros se hundió en el terreno a gran profundidad). Apareció entonces una sala subterránea o cueva de “quince varas de largo por ocho o nueve de ancho”, cubierta por una fuerte bóveda.

Aquel espacio se reparó y adecuó, comunicándolo con un paso del templo a la calle. Entonces se instaló un altar pequeño y un calvario, colocándose bancos para los practicantes y una mesa para el director. Así estuvieron muchos años, reuniéndose regularmente y aumentando los miembros de la Congregación. Además de los ejercicios de la Pasión de los jueves del año, días de carnaval, viernes santo y vísperas de San Juan, San Pedro y Todos los Santos, en la Santa Cueva se añadieron diariamente el rezo del Santo Rosario, lecturas y meditaciones.

Fuente; Folleto de la Caja de Ahorros de San Fernando de Sevilla y Jerez, con textos de Pablo Antón Solé, 1996.

 

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(Continuará).