Hace un par de semanas que retomamos el inicio de los talleres de cocina de nuestra Asociación Comeencasa, un proyecto de formación a través del voluntariado, para quienes buscan trabajo en el servicio doméstico, tal vez el último eslabón laboral en España. Han sido diez alumnas las inscritas, procedentes todas de Sudamérica. De países en dónde es difícil vivir:  Colombia, El Salvador, Bolivia, Honduras o República Dominicana y el resto son de Nicaragua. Es una inmigración cuya única ventaja es el idioma común.

Llevamos siete años haciendo esta modesta labor por la inserción laboral. Y como en otras ocasiones,  cada una de estas jóvenes deja en su tierra un pasado y un presente difícil, con cargas familiares y deudas económicas. Aquí buscan trabajo, mejor vida y la ilusión de traerse algún dia a los suyos.  

Si bien algunas llevan años en España con un régimen de vida dentro de la “normalidad “(trabajo, sueldo, un techo, horarios, etc.), siempre hay unas cuantas que sufren precariedad laboral y económica, además de una situación de soledad.

Es bastante normal que hayan dejado allí a un hijo pequeño, incluso de meses, y que apenas pueden seguirlo crecer, tal vez en alguna pantalla los fines de semana.  Y si aún no tienen permiso de residencia (cosa muy frecuente),  se ven obligadas a trabajar de modo precario, teniendo que soportar horarios extremos, sin permisos ni vacaciones, sin contrato de trabajo, y a veces a merced de empleadores aprovechados y explotadores,  porque suelen ser personas mayores, con caprichos insoportables, que les dan maltrato y humillaciones.

Son chicas que saben que tendrán que esperar para ser ciudadanas españolas, por carecer de documentación legal y por tanto de derechos durante los tres años que indica la ley.  Y con sus experiencias nos damos cuenta de que tenemos vecinos déspotas y abusadores, que les alquilan pisos inhóspitos y les ponen pegas para su empadronamiento, privándoles del mínimo derecho a la sanidad o la escolarización para sus hijos. A veces no me siento orgullosa de mi país con estas cosas.

Muchachas jóvenes, con tres años en el horizonte de estancia en España, en los que deben aprovechar para aprender cocina o recibir formación de ayuda a domicilio, con empresas que las contratan por 2 horas a seis euros, en la otra punta de la ciudad.

Problemas del recién llegado a un país, que tiene que empezar de nuevo, que demostrar quien es, sin olvidar de dónde viene,  y teniendo que soportar las presiones económicas del otro lado del Atlántico. Está claro que la mujer es quien lleva la peor parte en cualquier situación difícil. Mal les tienen que ir las cosas a estas chicas para decidir llegar hasta aquí, con una sociedad cada vez más inhumana, materialista y maleducada y con una dura legislación sobre la inmigración. 

Pues sí, ésta es nuestra cocina, la de la Asociación Comeencasa: clases con formación en recetas, ingredientes, técnicas, gastronomía, nutrición, pero entre guiso y guiso cuentan sus problemas y aparece en sus caras alguna que otra inevitable lágrima.  

Y entre guiso y guiso, solo podemos desearles lo mejor, advirtiéndoles de que todo en la vida cuesta trabajo (y a ellas mucho más), pero que  las ilusiones sirven para seguir adelante. Y las mujeres podemos mucho.