El Final de la Tregua (Editorial Mayi) es el título de la reciente novela del gaditano Eduardo Formanti, que incluye la resolución del argumento en un faro de la provincia, concretamente en el de Trafalgar. Partiendo del mundo de los faros y los fareros y su relación con la literatura, hemos asistido a un Encuentro Literario Faros y Literatura, organizado por la Editorial Mayi en el Centro Reina Sofía de Cádiz, y a la que han asistido unas cuarenta personas.

Tras la presentación del acto, por parte de Ana Mayi -editora- , hemos intervenido desde la mesa: Eduardo Formanti, el escritor; Septimio Andrés (farero de Chipiona, en activo); Leonor Montañés (familiar de fareros) y una servidora, también como familiar de fareros.

Ana Mayi introdujo el acto a partir del escenario del libro; el autor, Formanti, comentó la línea argumental de su novela y su relación con el desenlace activada por el farero; Septimio Andrés resumió la situación de los fareros desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, así como el tipo de trabajo que realizan; Leonor Montañés evocó sus experiencias sobre los faros en los que trabajó su abuelo y su tío, recuerdos de su niñez que perfilaron la personalidad de los fareros. Y una servidora contó experiencias e historias escuchadas a sus antepasados, sobre su bisabuelo, abuelo, dos tios abuelos y un tío, todos ellos fareros, sobre los años transcurridos en el faro. 

El encuentro, más bien una tertulia que ha contado con buena participación del público, ha tocado varios temas relacionados con el mundo de los faros. Partiendo del misterio que rodean las construcciones de los faros, las películas que tratan de faros (algunas como adaptación de novelas); y la situación de soledad de los fareros, entre el compromiso de su trabajo y la necesidad de emplear el tiempo libre.

España tiene actualmente alrededor de 187 faros, de los que solo están habitados por fareros unos 30. Desde el año 1992 ya no se convocan oposiciones para fareros, es decir, que los pocos que quedan verán extinguidos sus puestos una vez se jubilen.

Esto quiere decir que los faros se regirán por tecnologías avanzadas que encenderán el faro de manera automática sin necesitar más que la intervención puntual o de mantenimiento del farero, que ya no vivirá en la casa del faro. No obstante, se cuestionó el riesgo de que los GPS de los barcos fallen y las embarcaciones no puedan encontrar con precisión sus coordenadas. La luz de los faros han salvado miles de vidas en la oscuridad de la noche en el mar.

Interesante es contar con los “diarios de a bordo” escritos por los fareros, especie de estadillos de incidencias,  en dónde aparece la vida diaria del faro.

Y una cuestión que quedó en el aire fue el del futuro de los faros, es decir, el uso que se les pueda dar tras el desalojo y extinción del oficio de los fareros. Se habla de convertirlos en hoteles, pero esto supondría contar con muy poco espacio de alojamiento, que saldría muy caro.

Y terminé con esta lectura tomada de mi tío Lucas Fedriani, ayudante de su padre -mi abuelo- a mediados de los años cuarenta del pasado siglo, en el faro de San Sebastián, de Cádiz, en dónde mi abuelo se jubiló:

«Algunas noches, saliéndome por fuera de la linterna y apoyado en la sucinta barandilla exterior, disfrutaba de los olores de las pozas caleteras en las bajamares de los grandes aguajes, repletas de mariscos en su oferta habitual y gratuita a su Cádiz querido.

Luego, el gozoso amanecer sonrosado, nos mostraba cada día la bella silueta de Cádiz, con sus catedrales y sus torres miradores, confirmando que nuestra jornada laboral, por esa noche había terminado.

Lucas Fedriani Andrés».