Tras leer y comentar aquí la primera entrega de Aitor Sánchez (Mi dieta cojea), se hacía obligatorio conocer su segundo libro, que, partiendo de mitos e inexactitudes relacionadas con la alimentación, profundiza aún más en las pautas recogidas en el primero. Mi dieta ya no cojea es una obra imprescindible para todo aquel interesado en cuál es el estilo de alimentación que nos llega vía distribución, y cual la que deberíamos seleccionar como saludable en base a nuestra voluntad, todo ello en un ambiente muy obesogénico, no hay más que echar un vistazo por ahí.

Hablar de cuando un alimento deja de ser saludable, cual es el límite del procesado y de la manipulación, son temas que vivimos a diario y de los que estamos muy pocos informados como consumidores. Todo ello, partiendo de nuestros hábitos de compra, realizada en los supermercados por el 78% de la población española, según indican las estadísticas.

La cuestión de los envases, las etiquetas y las inexactitudes y mentiras de los mensajes que contienen, nos afectan a todos los consumidores en este lado del mundo.

Aitor Sánchez afirma que la dieta debe adaptarse siempre a la persona. Al mismo tiempo, repasa entre otros el tema de los superalimentos o las socorridas galletas industriales (vendidas como naturales y saludables), y  otros procesados existentes en nuestras tiendas.

Por supuesto, dirige su mirada a las legumbres, su producción (totalmente sostenible frente a la producción de carne) y su consumo (de lo más saludable junto a frutas y verduras). Aboga por los productos frescos y yo lo comparto absolutamente.

Mi dieta ya no cojea demuestra lo difícil –unas veces más que otras- que es practicar una alimentación saludable en nuestra vida, sobre todo cuando salimos a comer fuera, y con la influencia de la publicidad y los falsos mensajes de salud que contienen los envases. 

Desde mi postura de bloguera (activista por la salud familiar), y sobre todo de cocinera responsable de mi casa, el libro me ha servido bastante sobre todo en los detalles de la composición de alimentos, su procesado y su manipulación. Yo también “sufro” al tener que seleccionar los mejores sitios para comer, buscando el placer de la gastronomía y la necesidad de no maltratar nuestra salud.

Y, por supuesto, suscribo en su totalidad la última parte del libro, dedicada al tema medioambiental en relación con nuestro modo de alimentarnos y los hábitos que practicamos.

Conciliar compra con cocina, salud y medio ambiente es un tema complicado. Queremos cocinar como antes –además de rico y variado- pero estamos en el siglo XXI y nos rodean constantemente nuevos productos y procesos que obstaculizan la elección de comer bien. Por eso es bueno estar informados con libros como éste.

Por cierto, el vino se trata como algo no conveniente por el perjuicio de su consumo. Solo me hubiera gustado contemplarlo también en la cocina, dónde se supone que desaparece el alcohol, muy utilizado en mi casa. Pero supongo que para el autor será mejor no tenerlo cerca.

Además, en el libro se dan algunas recetas sencillas con buenos alimentos, que siempre vienen bien. Y, por supuesto, se defienden a ultranza los mercados de abastos. En eso todos sabéis que estoy totalmente de acuerdo y que además lo practico habitualmente.