El pasado 5 de mayo disfrutamos de una convivencia con antiguos compañeros de trabajo en Cortegana (Huelva), jornada que transcurrió con gran aprovechamiento del tiempo, porque  se dio un repaso a la historia, la arquitectura, el campo y su gastronomía. 

Contar con el guía idóneo fue la clave, implicado directamente además en la investigación histórica de esta localidad serrana onubense a lo largo de varios siglos. Pasado industrial, terrenos comunitarios, burguesía asociacionista, mutualidad laboral y repoblación con antiguos hidalgos leoneses. También saca del corcho, molinos históricos, urbanismo medieval, apicultura desde siempre y cañadas reales. Eso ha sido y es Cortegana.

Frente a todo este escenario contado en pasado y explicado en presente, emana y brilla con sabor propio una pequeña y modesta gastronomía que nos conquistó el paladar por su filosofía kilómetro cero, su maridaje con los ingredientes de vecindad y la generosidad de los anfitriones. Literalmente entramos en sus vidas gracias al aperitivo de media mañana que compartimos en su cortijo centenario.

Junto a refrescos y cervezas protocolarios, un vino tinto de la tierra obtenido en altura en Almonaster (Bemole), seguido por un gazpacho elaborado con el famoso tomate rosado, que no se comercializa por su corta producción, pero que se ofreció en su mejor momento de forma.

Un plato de quesada hecho en una finca cercana, las patatas fritas locales, los embutidos ibéricos del lugar y el pan portugués (su país más vecino), pusieron alto el listón de sabores de la sierra onubense.  

Siguió el almuerzo acordado en un restaurante, y tras él la inevitable visita al castillo, lleno de historia y apellidos. Y tras ella, una merienda improvisada de café con leche en termos y pasteles de Cortegana.  Un lujo de tentempié de media tarde junto a murallas y paseos de ronda que han visto pasar los siglos. 

Nada más exquisito que ofrecer la gastronomía local, exponerla en todo su humilde esplendor, su calidad y su tradición histórica. Nada mejor que anteponerla a los alimentos comercializados en aburrida uniformidad y procesados con sustancias indeseables que los desnaturalizan.

Aperitivo y merienda –ambos fuera de programa por su originalidad- nos conquistaron. Y por su sensibilidad, el recuerdo de la familia en el cortijo, todos ayudando en la atención a los visitantes (nosotros), incluida la abuela que nos mostró orgullosa las labores que tenía entre manos. Una visión romántica de la hospitalidad en un escenario sencillo y auténtico. La mejor gastronomía.