La excelente página web gastronomíaycia dedica una de sus entradas a las razones del consumidor para no comprar productos congelados, en base a recientes estudios desarrollados sobre éstos. Indica el artículo que las ventas de productos congelados han aumentado en el último año, aunque subsiste su fama de poco saludables y escasa calidad. El estudio se presentó en la Feria Alimentaria 2018 por la Asociación de fabricantes y distribuidores.

Mi opinión al respecto es muy parecida, no me atraen demasiado los productos congelados. Primero porque desconfío de su calidad final, estando acostumbrada a comprar los frescos a mis proveedores habituales. Y segundo porque creo que una vez cocinados no alcanzarán tan buen sabor como los frescos.  Supongo también que estos mismos congelados cocinados por las manos de un buen chef podrían parecer tan perfectos como los frescos, pero a mi no me pasa.  

Por supuesto, no me estoy refiriendo a las comidas ultraprocesadas que se venden en los supermercados (pizzas, lasañas, etc.), sino a alimentos frescos que han sido congelados en el momento de captura o de recolección y que tienen calidad en su origen  (pescados y verduras fundamentalmente). Doy por sentado que estos congelados son igual de saludables que los frescos o incluso más, a la vista de la ausencia de transformaciones o adiciones previas a su congelación, pero a la hora de comprar me echa para atrás el sabor y la textura de los mismos, que previsiblemente es peor.  

Siguiendo con los datos del informe, se declara que el año pasado se produjo un aumento de facturación respecto a 2016, creciendo por encima de la media del gran consumo. Son cifras explicadas por la percepción de salud, comodidad y ahorro que ofrecen los alimentos congelados (en palabras de GastronomíayCía). No obstante hay quien los considera de segunda división en cuanto a calidad, y no ve conveniente ofrecérselos a los niños.

Supongo que habrá congelados y “congelados”, y que los “malos” llevarán ingredientes de dudosa calidad (grasas malas, azúcares, subproductos o demasiados aditivos), o serán mediocres ya en su origen o que habrá quien desconfíe de que cumplan con la necesaria cadena de frío.

Y hay otro factor que es el precio, más económico y estable en el tiempo debido a su coste de gestión productiva y comercial.

Los supermercados dedican grandes espacios a exponer los productos congelados (buenos y menos buenos) de marcas conocidas. Pero no tengo claro que los mensajes de saludables y caseros sean ciertos (véase congelados de seudo-pescados ultraprocesados por ejemplo).

El estudio identifica tres perfiles de consumidor no habitual de congelados: Fast life (el que tiene poco tiempo y que no dan importancia a la alimentación, una pena); Healthy (segmento femenino sobre todo que buscan dieta sana y que cocinan);  y Out of home (segmento masculino que prefiere comer fuera).

Y no quiero olvidar que hay empresas de congelados que ofrecen mercancía de todas los niveles de calidad, con precios que se acercan mucho al de los frescos, pues simplemente añaden la disponibilidad.

Mi perfil está muy claro: prefiero los alimentos frescos y congelarlos yo misma en casa, cuidando eso sí el mantenimiento del frío y la brevedad de su estancia en mi congelador. Y mi razón es muy clara, busco el sabor de verdad en los alimentos. Y si el precio no me lo permite, siempre me quedarán las legumbres o los huevos, que no se venden congelados, que yo sepa.