No sé cuántas van. Pero el pasado sábado tenía libre el hueco de la mañana y me apunté a la visita semanal que organizan los Amigos del Monasterio de Santa María al citado recinto, un edificio del que tuvieron que salir las monjas en 2006, ante el grave estado de deterioro y ruina que sufría. Hace poco finalizó una de las fases de la obra prevista: el pequeño monasterio de realojo y futura hospedería en lo que fue Casa del Capellán.

Dentro de ocho años, el Monasterio de Santa María cumplirá 500 años desde su fundación; no sabemos cómo estará para entonces, pero de momento sigue acogiendo en su interior la construcción civil más antigua de Cádiz, en el llamado Patio del Olivo, al que daban los primeros pisos que fueron germen del Monasterio de Santa María del Arrabal, bajo la autoridad del entonces obispo de Cádiz/Algeciras Jerónimo Theodolo.

De nuevo disfruté durante la visita a Santa María. El edificio alberga todavía demasiados rincones, escaleras, entresuelos, habitáculos interiores, ventanas, criptas, árboles, cuadros, techos apuntalados, suelos con inscripciones, aljibes activos, cocina clausurada, refectorio y pequeñas imágenes que parecen olvidadas en los pasillos como el azulejo de la Virgen del Rosario (del imaginero Granda), a mayor gloria de la belleza de Pepa Díaz. El Monasterio aún sin habitar habla por sí mismo, ofreciendo una rica información sobre la historia de Cádiz.

Las monjas concepcionistas han sido como una gran familia desde sus comienzos en el Monasterio: salen hacia El Puerto de Santa María por la destrucción de 1596, vuelven gracias a los Blanqueto, mecenas que rehabilitan y enriquecen el edificio; viven los asedios de ingleses y franceses; aún funciona su campanario del siglo XVIII, que vigila las tres calles a las que da el convento junto con los miradores desde dónde las descalzas contemplaron la vida de la ciudad y alguna visita real a Cádiz; conocen la epidemia de peste que asola la ciudad en 1681, cuando una noche la monja Isabel Garrido reza y describe el milagro.

Jóvenes nobles y sus criadas, viudas, niñas depositadas por sus padres durante sus largos viajes de negocios, y con los apellidos de las mejores familias. Vidas de interior entre arcos de mármol genovés, incluyendo a su más ilustre inquilina: María Gertrudis Hore, La Hija del Sol. Pero también monjas que educaron a las niñas en las letras.

La historia del Monasterio es la historia de Cádiz, y en él todavía se recoge el agua de la lluvia, y crecen los naranjos y parece que se escuchan pasos en un absoluto silencio dentro de una ciudad tan ruidosa. En Santa María todas las celdas tienen balcón exterior, recogiendo la intensa y especial luz gaditana.

Una pequeña ciudad en medio de otra, una casa que se resiste a desaparecer a pesar de las dificultades económicas y, una Asociación de Amigos del Monasterio de Santa María que asesora y defiende los intereses de una comunidad de monjas que no viven para el mundo sino para la oración y el espíritu; porque el mundo va a lo suyo.

Una visita que recomiendo, porque como ya he dicho, este lugar sigue oliendo a Cádiz desde hace 500 años.

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