Ayer sábado acabó una semana de comer fuera por protocolo social, de volantes, mantoncillos y flores, de música en cuatro tiempos, de reuniones familiares y laborales, de encuentros buscados o no deseados, de idas alegres y de vueltas con dolor de pies, una liturgia que viene repitiéndose desde hace casi dos siglos. Para mi han sido cuarenta y casi no me acuerdo de las primeras Ferias de Sevilla que viví.

Por cierto, una de las claves que más se ha desarrollado ha sido la oferta gastronómica. La mayoría de las casetas cuentan con buen nivel de cocina, variada y rica. Siete días de guardia en el Real con pocas horas de descanso para los fogones. 

Disfrutar de la misma caseta-base desde hace al menos treinta años, me ha hecho pensar que ese mismo hueco de solar nos ha dado miles de vivencias en las sucesivas ferias. Con un decorado muy similar, solo renovado y mejorado parcialmente a modo de mantenimiento, hemos pasado muchas horas hablando, bebiendo, comiendo raciones básicas (sobre todo chacinas y tortillas de patatas), que hoy han evolucionado a otros platos más elaborados e incluso a guisos del día, e inevitablemente, saludando a amigos (en este caso compañeros  laborales), que fueron socios activos en penas y alegrías.

Pero también aquel suelo (mismo lugar, mismo número de la efímera calle con nombre de torero, como todas), nos ha visto reir, bailar, discutir, recordar, preguntar, consolar, comprender …todo ello en función del momento y la personalidad del hallado. Un punto de encuentro y reunión con una alta densidad de ocupación y de palabras por metro cuadrado y de mensajes compartidos. 

Las ferias de Sevilla han sido en cada edición anual una oportunidad para conocer gente, reencontrar compañeros, actualizarnos en sus novedades de vida, de amores, divorcios, nacimiento de hijos, muertes familiares, estrenos de trajes de flamenca, traslados, ascensos y caídas laborales, descubrimientos de afectos escondidos y por supuesto, de poder practicar el interés sincero por quienes nos rodean con los vaivenes de sus vidas. 

Cuarenta ferias de Sevilla que este año volvió a comenzar con un plato de tortilla de patatas, una ración de jamón bien cortado junto a una de gambas, la fuente de pescado frito, y la caña de cerveza fría.

Demasiadas ferias. Ahora caemos en la cuenta de que nuestros contemporáneos ya están fuera del mercado laboral, como nosotros, y que los de diez años menos están deseándolo. Pocas novedades ya, pocas emociones creo también en este espacio. Solo la siguiente generación está empujando, -unos mejor que otros- como lo hacíamos nosotros sin horario hace cuarenta ferias.