A lo largo de mi vida he estrenado ya varias cocinas. La vida media de una cocina suele estar -creo yo- alrededor de los 20 años, al menos en mi casa. No se trata solo de conseguir más belleza y actualidad de diseño, sino de mayor funcionalidad y de reponer muebles que a veces empiezan a deteriorarse seriamente.

También es cierto que alguna de nuestras rehabilitaciones cocineras ha estado justificada porque esa primera cocina que nosotros instalamos o que traía el piso era de calidad mediocre, y, con los años y el uso continuado, estaba pidiendo a voces un recambio.

Pero hoy quiero llamar la atención sobre un problemilla de logística: nunca llego a la parte superior de los muebles. Y últimamente menos, pues estos están cada vez más cerca del techo, por aquello de conseguir el máximo aprovechamiento; está claro. Es una odisea el sacar algo del último estante, pues tengo que recurrir a banquitos o escaleritas para poder hacerlo. O también está la opción de pedir ayuda al marido o al hijo si están por allí cerca. 

Cuento esta pamplina de la cocina nuestra de cada día porque, aunque coloco en la parte de arriba los cacharros que menos voy a utilizar, lo cierto es que eso va por rachas: hay fiambreras que ahora necesito casi a diario, y que, dada la dificultad de su extracción, tendré que buscarles un nuevo alojamiento.

Cosas de cocina, movimientos constantes, cacharros que entran y salen, se guardan y se sacan. Tiestos a los que hay que buscarles sitio. En la cocina nunca se para.

Yo quejándome de mi estatura para trapichear en los altos de la cocina, y resulta que hay quien se queja de lo contrario: de que la encimera le resulta incómoda por lo baja que es. Cosas del directo.

Pero desde luego, las cocinas de hoy no son para bajitos, ni bajitas, que somos la mayoría.