Cercano a la estación ferroviaria, en la calle San Ignacio de Puerto Real (Cádiz), se encuentra este restaurante en lo que pudo ser una vivienda, desde hace un año, integrada en el antiguo trazado callejero de la localidad. Allí almorzamos en mesa con mantel, por aquello de la comodidad en un sábado de calor otoñal desconocido.

El establecimiento tiene diferenciados la zona de bar de tapas y el comedor, rodeando ambos el espacio dedicado a la cocina y barra de camareros. Está servido por jóvenes muy amables. La carta es muy tradicional, con productos de Puerto Real y de Sanlúcar de Barrameda. Tiene platos especiales para los niños.

Siempre digo que dos personas no le sacan todo el partido a una buena comida, porque físicamente no da más de sí. Y que a partir de cuatro comensales la cosa luce mucho más, pudiendo probar un poco más de todo. Pero en fín, hicimos lo que pudimos.

Entre los entrantes propuestos, pedimos unas alcachofas con pipas de calabaza y berberechos; un plato muy original, riquísimo, en el que el buen aceite hace hablar a la verdura. Muy recomendable.

Pedimos salmorejo clásico (jamón y huevo duro), aunque también lo tenían con guarnición de langostinos. Y menos mal que solo pedimos uno, pues la ración era para una pareja como mínimo. La elaboración perfecta.

Otro de los entrantes fueron las puntillitas fritas. Excelente presentación del pescado demostrando su calidad y excelente fritura, y por tanto, excelente sabor. Un plato que podría dar para cuatro personas. Pero de las mejores puntillitas que he probado en mi vida. Muchos establecimientos deberían cuidar este pescado, que por su tamaño se presta al desdén en la fritura y en el origen.

Como siempre, me pido plato de pescado y mi marido de carne; cosa que nos sirve para intercambiar también, que todo queda en casa. Pues bien: mi plato –inmenso- fue rape al ajillo, con finas rodajas salteadas en ajos laminados y guindillas que elevaban y matizaban el sabor del pescado, si bien, para mi gusto, llevaba demasiado aceite. El rape, impecable.

En cuanto al plato de carne –presa ibérica- , de buena calidad igualmente, con patatas fritas de gran formato (y de verdad), que conformaban una ración generosa. 

El postre consistió en un tocino de cielo rodeado de yogur griego, nueces y miel. Rico, aunque demasiado intenso. Para contrarrestar me pedí una infusión de té.

El precio de Los Esteros estuvo en consonancia con la calidad de los platos y su cantidad, muy apropiados para compartir en grupos. 

Puerto Real es como un barrio de Cádiz, unido a la capital por un nuevo puente, de imponente factura, con espectaculares vistas de día y mucho más de noche. La villa puertorrealeña siempre nos tiene preparada alguna que otra sorpresa gastronómica, por ello hay que visitarla de vez en cuando. 

Los Esteros es un lugar para recomendar. Cocina tradicional de buena calidad.