Ayer jueves participé con la Asociación Cultural de Investigación Histórica a la que pertenezco, en una quedada o cita poética en torno a la figura de esta notable poetisa gaditana del siglo XVIII que nos ha dado el nombre.

Transcurrió en la quietud del patio del olivo del Monasterio de Santa María en Cádiz, cedido de modo excepcional para la ocasión por la comunidad de monjas, encerrado entre paredes agrietadas, ventanales rotos y balcones oxidados del siglo XVI, en un penoso estado de conservación. El acto contó con la intervención del poeta gaditano Jesús Fernández Palacios, junto a la historiadora experta en María Gertrudis Hore, la doctora Frédérique Morand.

Al poco de empezar el acto se hizo la noche, con la compañía de un farol “a pilas” que apuntó a los recitadores y al famoso olivo centenario, que al menos luce joven y podado, mientras sigue arrojando sus aceitunas al suelo: al parecer, otro similar -hoy perdido- fue testigo junto a una parra de las horas de vida en clausura de María Gertrudis Hore durante 23 años.

                              Ó ser que me dar el ser,

                              toma este ser, que me das,

                              que yo no quiero ser más

                              que ser en quien es mi ser.

Leyendo y escuchando en una pieza reducida del hoy vacío Monasterio, quietud y abandono en la noche gaditana, olor de cercanía del mar, silencio sobre el suelo de los aposentos oscuros y olvidados. Bellas losas y azulejos que se desprenden con tristeza. ¡Cuanta vida femenina acogió en sus 490 años de historia!: causas de maltrato, abandono, soledad, custodia, condena, obediencia, retiro y piadosa dedicación. Pero también lectura, conversación, voces, pensamiento, debate, convivencia, actividad, libertad y locutorio frente al mundo real.  Así fue la clausura alrededor de este patio con un solo superviviente.

Un acto homenaje a la poetisa, lectura con empatía de sus versos más tristes,  mirando a su supuesta celda, que allí quedó para siempre un 5 de agosto de 1801.

Una clausura que traspasó fronteras y tiempo, que no calló un corazón ardiente ni una mente abierta y libre.

In memoriam de María Gertrudis Hore y Ley, gaditana, bella, culta, libre, entusiasta, esposa, madre, adúltera y resignada monja de clausura. Lo fue todo como mujer y su poesía derramó en este mismo patio todas sus emociones, mientras cumplía la totalidad de su condena.