La tercera o la cuarta vez que visito el vacío edificio de 4.300 metros cuadrados, que ya casi conozco a la perfección. No importa, sus paredes desconchadas y sus suelos levantados me siguen causando una honda impresión. El Monasterio, diez años vacío, sin monjas, sigue teniendo algo especial. Y es que huele a Cádiz.

No venció el enranciamiento de sus muebles, ni la decrepitud de sus puertas y ventanas, ni el envejecimiento de sus nobles pozos de mármol. Hasta su colección de azulejos mediterráneos siguen vivos, con dignidad, fuera de su ubicación con cemento. Y, por encima de todo, en patios, miradores, azoteas, escaleras, celdas, pasillos, y muebles polvorientos cerrados…..por encima de todo huele a Cádiz.

Huele a todos los siglos vividos allí: desde el XVI al XXI. Todos dejaron algo propio en el ambiente. Los árboles, todavía vivos, hablan constantemente entre sus ramas. El cielo que cubre los claustros no se ha marchado de alí desde hace cuatro centurias. Y el suelo, irregular, irreconocible, destruido, recuerda pasos lentos y silenciosos, de pies cubiertos por claros hábitos sin prisa.

El locutorio parece estar comunicando también a ambos lados de la reja. Y los tornos de la Sacristía siguen girando. Hay grietas en sus muros, desniveles en sus losas, puntales en sus techos, pero cada objeto, cada esquina, cada rellano, cada peldaño, cada murete de mampostería sigue hablando, contando….lo mucho que dejaron allí tantas mujeres. 

Ya desde el patio del olivo veo a las monjas moverse, mirar, leer, pasear, y veo a Sor María Gertrudis dedicada a las tareas cultas, mientras su esclava lavaba su ropa y cocinaba su comida. Me imagino sus escritos sobre la mesa de sus habitaciones, su expresiva pluma sin parar sobre sus manuscritos.

Tercera, cuarta…. no sé. Ha sido la suerte de entrar en un recinto prohibido al mundo durante siglos, la autorización para respirar el mismo aire, divisar la misma luz y disponer del mismo espacio para unas mujeres que vivieron como una sola familia, bajo un mismo nombre, y con un mismo destino para contar, aunque cada una tuviera su alma en su propia clausura. Pienso que el siglo XX fue difícil para ellas. Y ahora en el XXI, se juegan su historia y su futuro a través de lo que fue su casa.

En breve comenzarán las obras de construcción de un mini monasterio y ya no será visitable durante mucho tiempo. Siguen colgados pequeños azulejos de antiguas advocaciones. Pero yo ya me llevé su olor y su luz, el olor y la luz de Cádiz, que allí está atrapado junto al mar y el cielo.

Solo la cocina está muda, pero quiere que vuelvan las monjas.

 

En busca de María Gertrudis