Ayer miércoles, asistimos a una conferencia a cargo de José Antonio Aparicio, historiador, sobre la tristemente recordada explosión de un polvorín ocurrida en la ciudad de Cádiz, el 18 de agosto de 1947, a las 10 de la noche, de la que todos los nacidos aquí tenemos referencia a través de nuestros padres. El conferenciante es autor del libro “El Amanecer de un Cádiz desolado” (2016) y «La noche trágica de Cádiz» (2009). La conferencia se enmarca dentro del Plan Lector Municipal » Cádiz, ciudad lectora» .

Aparicio comenzó indicando la desproporción en daños ocurridos en los barrios de Extramuros (Puerta de Tierra), prácticamente destruidos, en relación con Intramuros (casco histórico gaditano), que apenas tuvo daños, y que se debió al efecto protector de los lienzos de muralla de Bahía Blanca, y no a las murallas de entrada a la ciudad, que ya habían empezado a derribarse en 1945. El barrio de Bahía Blanca-San Severiano fue el gran dañado en la deflagración.

Fueron 200.000 kilos de explosivos los que destruyeron gran parte de la ciudad, causando oficialmente 148 muertos y miles de heridos. Los daños fueron inmensos. Aquella noche desaparecieron edificios como la Casa de Cuna, el Sanatorio, los astilleros de Echevarrieta y cientos de viviendas de la zona de Puerta Tierra. José Antonio Aparicio comenzó su investigación de la explosión de Cádiz en el año 1987, tras el hallazgo de unos documentos que detallaban la identificación de cadáveres de aquel suceso.

La primera explicación del conferenciante fue la razón del almacenamiento de estos arsenales en suelo urbano. Con la 2ª Guerra Mundial, a finales de 1942, el eje (Italia, Alemania), inicia su gran retirada del norte de África, preparándose los aliados para la invasión de Europa (Sicilia, 1943).  En España ya no contábamos con buques de guerra tras nuestra contienda civil, y el gobierno de Franco supuso que se llevaría a cabo un desembarco por las playas de Cádiz y Huelva, de ahí que se almacenaran estas bombas en Cádiz.

Por ello, se movilizan los reemplazos –ya no teníamos armada- y se refuerzan las defensas de nuestras costa de Cádiz y Huelva (ver los bunkers instalados en el fuerte de Cortadura, en plena playa de Cádiz, para responder a un hipotético desembarco). El caso es que entre Cádiz y Huelva se desean traer unas 16.000 minas submarinas; quedando almacenadas en Cádiz en el momento de la explosión: 1.600 minas submarinas, 40 torpedos italianos, y unas 500 cargas de profundidad submarinas. Todo esto se guardaba en unas grandes naves detrás del antiguo Instituto Hidrográfico de la Marina, en los que apenas cabían. Muy cerca de allí, más de 100 trabajadores de los Astilleros de Echevarrieta hacían turno de noche. Las minas eran de procedencia rusa, holandesa y alemana.

Pero las más mortíferas fueron las cargas de profundidad, dispuestas en las naves en tres filas, a modo de barriles de bodega, que contenían algodón de pólvora como munición.  Éstas son las que provocan la gran explosión al descomponerse. Existía otro segundo polvorín (con 491 cargas), que no llegó a explotar gracias al Almirante Pery Junquera y su equipo.

Todas estas cargas se habían estado almacenando durante los años 1942-43,  y no entraron más tras el desembarco de los aliados en 1943.

José Antonio Aparicio se refiere a uno de los personajes militares, el teniente coronel Manuel Bescós Lasierra, experto en armas navales, que en un informe de 1943, advierte de la barbaridad que supone el almacenamiento de estas cargas. El informe nunca se emplea o utiliza en las posteriores investigaciones sobre la explosión, simplemente se ignora.

Estas cargas alemanas de profundidad (con 125 kg de algodón pólvora cada una), se suponen procedentes del ejército italiano, pero su uso había desaparecido ya en el año 1904.  El algodón, material natural, se descompone, fermenta, libera gas y ocupa más espacio, presionando en el interior del envase. Todo ello, a una temperatura de almacenamiento que podría alcanzar los 52-54º C en el interior del polvorín, ocasionó la explosión en el extremo del mismo.

Tres días después del suceso, la armada ordena que desembarquen de todo buque militar aquellas cargas de profundidad de material distinto a la trilita (que no explota salvo detonante específico).

En 1950, se concluye un informe sobre las causas de la explosión, que alude a un posible sabotaje. Es decir, no hay responsables. Por ello no hay indemnizaciones a las víctimas, solo donativos. La causa fue sobreseída, en plena dictadura, pero el suceso marcó a toda una generación de gaditanos.

Hoy, 70 años después, la explosión de 18 de agosto de 1947 de Cádiz, sigue investigándose, apareciendo nuevos datos de personas fallecidas, heridas o desaparecidas, gracias a estas publicaciones como las de José Antonio Aparicio.

Esta tarde, a las 19.30, habrá una ruta por los lugares más destruidos de la explosión, todos en el barrio de San Severiano.  

 

Más información:

http://www.comeencasa.net/2009/08/17/el-dia-de-la-explosion/