ESH-etiquetado con mala feEsta semana estoy asistiendo en la Escuela Superior de Hostelería de Sevilla al tradicional Seminario sobre Cocina Sana, Sencilla y Sabrosa, dirigido al público en general. El curso –de cuatro mañanas- consta de una parte teórica sobre nutrición y buenos hábitos de alimentación, y en el lado práctico la elaboración en directo de varias recetas saludables. Ambas partes desarrolladas por el nutricionista Javier García Pereda y por el Chef Fermín López, respectivamente.

El primer día de clase comenzamos hablando de la confusión a que da lugar el etiquetado de los alimentos, que, sin dejar de cumplir la ley europea vigente, camufla la verdadera naturaleza de sus productos. Es decir, son prácticas legales pero poco éticas. Resumiendo:

Esconden el origen: se etiqueta con un nombre alusivo al origen más famoso del producto, pero, al examinar la “letra pequeña”, se descubre el auténtico lugar de procedencia que, normalmente, no coincide ni de lejos. Con ello, se confunde y realmente se engaña al comprador, que piensa haber adquirido algo de aquí, cuando en realidad procede de lejanos países. Esto está ocurriendo actualmente con casi todas las conservas (producidas en China o Perú pero etiquetadas en España).

Aseguran supuestos beneficios: es el caso de algunos lácteos que se publicitan con atributos positivos para la salud mediante un nombre comercial (ejemplo Actimel, que afirma ser vitamina B6, cuando un simple plátano que tiene 6 veces más cantidad, es tres veces más barato). La industria alimentaria lucha así por aumentar sus ventas. También es el caso de Cola-Cao, que se relaciona en su etiquetado con el recuerdo de la sana alimentación infantil, siendo en realidad 100% de azúcar (según su etiqueta).

Exageran sus cualidades: por ejemplo, en galletas cuyo envase detallan poseer multitud de vitaminas que en realidad no tienen o contienen en cantidades simbólicas. De ese modo llevan a la confusión al consumidor, cuando en realidad no son únicos, pues todos los productos similares poseen las mismas características.

No dicen toda la verdad sobre su naturaleza: con productos cuyos ingredientes son negativos o poco definidos como nutrientes. Un ejemplo es el de los productos light (30% menos de calorías), pero con grasas y edulcorantes, causante de la inflamación silente crónica de la microbiota o flora intestinal. Los edulcorantes suelen ser miles de veces más dulces que el azúcar común. Como ejemplo la stevia, tan mínima en tamaño que necesita ir protegida y unida a otros compuestos químicos y por tanto, transformada.

Apoyan su mensaje en rostros famosos: cada vez se recurre más a la presentación de personajes mediáticos como imagen publicitaria de ciertos productos procesados, lo cual incita al consumo y a la popularidad del artículo, como referencia de grandes beneficios para la salud, aprovechando el tirón del famoso. El público de este modo se convence.

Se inventan títulos de texturas dudosas: como los procesados de carne, que no incluyen (porque no pueden) en el etiquetado la palabra carne, sino “preparado cárnico”, como las carnes congeladas de las grandes superficies. Juegan a la confusión, y sin embargo, son perfectamente legales. La OCU los ha estado denunciando sin resultado de momento. También se inventan nombres complementarios para estos productos, para ocultar la verdadera estructura química de los mismos. Otro caso es de los patés y similares para untar, con proteínas ajenas a la carne y con almidones.  Son productos poco nutritivos, por la mínima cantidad que contienen de producto real.

Caso aparte es el de la margarina «ligera», que se publicita como oliva, dónde -según la etiqueta que debe decir la verdad- lleva agua, aceites vegetales, grasas vegetales y aceite de oliva (20%), además de un montón de cosas ajenas a una buena grasa….

La comida debería llegarnos lo menos procesada posible, y si lo es, solo efectos de su conservación, no cambiando su estructura. Pero esto es ya responsabilidad del comprador, de estar informado y de tener voluntad selectiva sobre su alimentación.

La base de la cocina es la materia prima, por lo que habrá que comprobar su origen, sus nutrientes y su composición.

Lo dicho: hay que llevarse una lupa al supermercado para poder leer estas etiquetas, la mayoría de las veces tan engañosas, antes de comprar.

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