13495157_1084656318266244_7244196605976705821_nEn 1990 yo estaba trabajando todavía, y, aunque no puedo asegurarlo, hacía mis compras de alimentos en el mejor supermercado, porque tenía poco tiempo, un niño pequeño y la necesidad de comprar bien y en el mismo sitio. Entonces los productos de esta cadena comercial eran sin duda los mejores del mercado. Sabíamos que las cosas iban bien y el trabajo no faltaba. Además, había en la conciencia común una sensación de que todo evolucionaría a mejor. Aún no se habían engolfado los codiciosos. Eso llegaría después y se sabría. La gente se dedicaba a currar, pagar sus trampas y ser felices por ambas cosas.

La imagen de las dos neveras que ha circulado por las redes: año 1990 (o sea, antes de la crisis) y 2015 (con los sueldos de miseria de ahora), nos acerca a la situación económica general en el país de ambos periodos. Sinceramente, no me gusta ninguna de las dos, y ahora lo explico.

La nevera de 1990, llena de paquetes, tarrinas, bebidas, botes, conservas, etc., demuestra que teníamos dinero para comprar productos, y que el caso era tener a tope la alacena refrigerada. Confieso que verla me da un poco de yuyu. No se ve en ella ni un solo recipiente de comida casera, alguna fiambrera de la comida hecha. Todo es artificial. ¡Qué agobio!.

Ahora en 2015, la nómina es cutre, además de incierta. Mucha gente no puede hacer una buena compra al mes, sino que habrá que ir saliendo al día. Mantener en la nevera algunos lácteos, bebidas y poco más. Pero aquí tampoco veo una cacerola, un tupper (o como se diga) con comida casera, incluso alguna fruta fresca.

Dos situaciones, dos ventanas sociales, dos paneles informativos a modo de radiografía o perfil alimentario de un hogar, en dónde la cocina hecha con nuestras manos brilla por su ausencia. Y me da que ni siquiera se le espera.

En ninguna de las dos imágenes veo vida, calor de cocina, transmisión de comunicación, y el frigorífico es un escaparate de lo que queremos ser y somos.

Lo que yo digo: ni tanto ni tan calvo, como el refrán. Me haría ilusión una nevera con pocos envases de productos procesados de marcas chungas, y en su lugar alguna verdurita salteada, algún gazpacho, alguna pimentada, tal vez una carne guisada con zanahorias, unos garbanzos en potaje congelados para sacar tres días después, y, ¿por qué no?, las lentejas guisadas para mañana. Tampoco veo cajas de huevos, ni siquiera media docena.

Pena de neveras, una que se pasa y otra que no llega. Ambas son tristes realidades cotidianas. Ambas corresponden a una casa en dónde no se ha previsto qué comer con suficiente antelación, teniendo en cuenta el bajo precio de unas lentejas, unos garbanzos, unas judías verdes o un gazpacho.

Deberíamos reflexionar en este cambio de realidad económica. En la nevera deberían ser protagonistas la comida hecha por nosotros, con nuestra marca, nuestro mensaje y nuestra comunicación. Esos guisos pertenecen a una raza superior, son nuestras pequeñas obras de arte, porque llevan de todo lo bueno, y, principalmente el cariño.

Por unas neveras llenas de sentido común.

HE DICHO.