SEMILLAS CAMPESINASUn problema típico norte-sur, el de las semillas campesinas, que han sido y son “Patrimonio común contra el hambre”, y que da título al reportaje publicado en la revista de junio-septiembre de Manos Unidas. Partiendo del origen del ciclo de la vida, el artículo informa de la situación de las semillas tradicionales –cultivadas por los campesinos durante siglos- frente a las semillas comerciales que a golpe de leyes y tratados intentan controlar como gran negocio un selecto grupo de multinacionales.

El tema pone en evidencia acuerdos marco como el Tratado de Libre Comercio ahora en discusión, que buscan dominar el mercado mundial de la alimentación. Manos Unidas conoce la realidad alimentaria de los países menos desarrollados e intenta explicar las claves de los peligros a que son sometidos por las grandes empresas del norte.

Las semillas son indispensables, sirven para luchar contra el hambre. Y las semillas tradicionales (500 millones de familias las cultivan) están hoy en peligro de desaparecer. Vienen de culturas milenarias, son más que granos, también animales, flores, árboles, frutas, hierbas y medicinas. Son sagradas y símbolos de bien común.

Las semillas significan seguridad alimentaria y sostenible, no negocio, sino supervivencia familiar, ajustando su consumo. Son futuro. Las semillas tradicionales no se venden, se regalan o se intercambian, fortaleciendo lazos comunitarios, gastronómicos y de vida colectiva.

Aunque los pequeños agricultores necesitan apoyo y modernización, sus semillas –sin identidad- van desapareciendo por falta de inversión pública en la agricultura familiar. Y la llegada de empresas multinacionales a la agricultura mundial, lleva consigo una pérdida cultural, gracias a estrategias legales a favor de las semillas comerciales (híbridas o transgénicas) que comercializan, controlando así la primera fase de la producción alimentaria.

No siempre fue así. Hasta los años 80 las empresas estatales, organismos públicos y pequeños establecimientos facilitaron semillas mejoradas a los campesinos, con el fin de aumentar la producción agrícola rural, pero compatibles con las semillas tradicionales. A partir de esa década, grandes empresas irrumpieron en el mercado, con acuerdos comerciales favorables a sus semillas.

En África las semillas campesinas o tradicionales representan el 80-90% de cada plantación, y en Asia y Latinoamérica son el 70-80%, lo que prueba la existencia de un atractivo y gran mercado potencial para las multinacionales, que aprovechan la figura del derecho de propiedad intelectual para proteger y beneficiar las semillas comerciales (las tradicionales mejoradas con investigaciones en laboratorio), todo ello bajo amenaza de sanciones.

De este modo se protege la semilla comercial,  obligando a salvaguardar los intereses legítimos de la investigación, producción y comercialización de las semillas protegidas, frente a las tradicionales que no lo están, trasladando la legislación a los países del sur.

Se prohíbe pues el apoyo de los programas estatales a las semillas tradicionales (dicen que por mala calidad o no cumplir los requisitos), en detrimento de las multinacionales. Se restringe el privilegio de los agricultores, obligándoles a pagar por semillas obtenidas en sus propias explotaciones y sancionando el intercambio y venta de las semillas comerciales. De ese modo se castiga la cultura local.

No obstante, la sociedad civil está reaccionando con determinación en defensa del futuro de las semillas tradicionales, sin rechazar las comerciales, sino considerándolas complementarias. Un ejemplo es Brasil, con una gran movilización civil y un programa que permite al Gobierno comprar semillas campesinas directamente a agricultores para redistribuirlas a otros sin coste alguno. Lógicamente USA presentó sus quejas. Hay otros ejemplos de resistencia en otros países contra las llamadas leyes Monsanto.

Es posible que ambas semillas puedan convivir. Las comerciales no favorecen a los pequeños agricultores por sus altos costes y la exigencia de conocimientos que esta población no tiene (analfabetos) y además no respetan la variedad de las semillas tradicionales, creando dependencia hacia las multinacionales del sector. La propiedad intelectual va contra derechos fundamentales como el derecho a la alimentación.

Actualmente hay 10 grandes compañías que controlan el mercado de semillas mundial.

Fuente: Departamento de Estudios y Documentación de la revista Manos Unidas.