No imputados_editado-1Me refiero a legumbres y verduras. El resto de los alimentos frescos se han visto envueltos de un modo u otro en procesos sospechosos de fraude, cultivos transgénicos, estafas y engaños varios. Aunque ellos son absolutamente inocentes de los trajines de especuladores y canallas, que no tienen otro nombre. Porque con las cosas de comer no se juega.

Sobre la carne no es necesario hablar más, concretamente de la roja, cuyo procesado está poniendo en tela de juicio su salubridad. Todo ello desde la crianza del ganado, su alimentación, sus medicamentos y la adición de conservantes o colorantes de modo abusivo. En fin, un asco. Sin contar con los embutidos y sus muchos aditivos, que hacen que los paguemos a precio de producto neto sin serlo.

El pescado –un producto tan globalizado- ha sido también fuente de engaños. Todos sabemos que esos pescados de procedencia lejana tienen menos propiedades nutricionales, carecen de sabor, y perjudican seriamente los fondos marinos, si bien son de menor precio para el consumidor. La pesca tiene sus cosas buenas y malas.

El huevo ha estado también en entredicho, si bien hay que reconocer que se han tomado las medidas oportunas para demostrar la trazabilidad en su producción, a partir de un excelente etiquetado, de tal modo que el usuario sepa exactamente qué tipo y calidad de huevo está comprando. Las últimas campañas institucionales así lo prueban.

El pan, un alimento básico y tradicional, ha pasado por procesos de pérdida de calidad en su elaboración, y de todos es conocido que se están produciendo gran cantidad de intolerancias con su consumo, por contener lactosa (increíble) y diversos acelerantes en su fabricación, que merman su calidad y sus propiedades nutritivas, además de su digestibilidad. Lo del pan es una vergüenza y lo estamos viendo a diario, que cada vez es peor, salvo el elaborado por ciertos profesionales que lo están haciendo bien, pero que son los menos.

No quiero olvidar el aceite, otro super producto, que se ha sido vilmente prostituido con refinados, a pesar de que se potencien las grandes marcas de aceite de oliva virgen extra de altísima calidad, que cuentan con denominación de origen o indicación geográfica protegida. No obstante, da pena oler los aceites de oliva llamados “suaves” en la etiqueta, ya que apenas aportan sabor y propiedades en la cocina, siendo España el primer productor mundial. Igual ha ocurrido con la leche, que además de las dudas surgidas sobre su posible reciclado, ha sufrido y sufre la presión de las grandes industrias sobre el mismo productor, haciendo inviable estas pequeñas granjas tradicionales.

Y debería citar aquí aquellos productos procesados –salsas, patés, cremas, margarinas, quesos en lonchas, etc.- que han sido “artificialmente” creados como marca comercial, en aras de su distribución y su conservación. Ya se sabe que de alimento real tienen poco; no hay más que leer sus etiquetas (con lupa, claro).

Pero legumbres y verduras, siguen siendo un grupo de alimentos libres de culpa, al menos en principio. Ambos son positivos en sí mismos, son fáciles de conseguir en todo el mundo, y su coste de obtención suele ser sensato. Además, cuidan la tierra sin condiciones. Eso sí, aquí el factor en peligro es el propio agricultor, que tiene que luchar por su supervivencia frente a las grandes empresas multinacionales.

Los informativos solo traen a diario noticias de imputaciones, sospechas, denuncias, autodefensas, juicios, etc. Ya nadie se libra de la pena de “telediario”. De momento, hay que creer y votar a garbanzos, alubias, guisantes y verdura fresca –que no la envasada claro- , para asegurarnos una alimentación más o menos limpia, sana y justa.

Quiero comer con alimentos que tengan un historial sin mancha, o al menos intentarlo. Y lo peor es que los alimentos manipulados y envilecidos son víctimas de un sistema nefasto y materialista. Son ellos los que pagan esta corrupción, sin tener arte ni parte.