Hoy me apunto a los titulares cuantitativos que tan de moda se han puesto. Desde este blog no paro de intentar divulgar buenas prácticas de alimentación y hábitos saludables (como se dice ahora), sobre todo en niños y jóvenes. Pero debo confesar públicamente que no siempre he sabido manejar los parámetros del comer sano, debido a mi falta de conocimiento. Antes no sabíamos tanto ni desconocíamos tanto sobre nutrición. Creo que si me tocara ser madre en estos tiempos, hay una serie de productos que no incluiría en la dieta de mi hijo pequeño. Y lo digo desde el reconocimiento a mis errores. Pasa como con las ideologías, que todo el mundo ha evolucionado con ellas.

UNO – Lácteos como petit suisse: recuerdo que hasta los médicos los aconsejaban por su riqueza en proteínas, como si fuera imprescindible para el crecimiento de nuestros hijos.

DOS – Quesitos en porciones en el puré de verduras: hoy tengo muy claro la mezcla de aditivos que lleva un quesito de estos. Nada como un buen queso artesano, aunque sea en pequeñas cantidades. Aquí incluyo también esos quesitos de bola de marcas de multinacionales.

TRES- Tantos cereales para desayunar: han sido los alimentos más recomendados por nuestros pediatras una vez nuestros hijos dejaron los biberones o papillas de la mañana. Pero luego he sabido la fuerte composición de azúcar de estos cereales de marca americana.

CUATRO -Tetrabriks de zumo: eran los elementos obligatorios en una merienda infantil o en el segundo desayuno, el de media mañana. Ya tengo claro que llevan azúcar añadido casi siempre y que no cuentan como fruta a efectos de dieta.

CINCO -Galletas con tantas grasas saturadas: esas cajitas con dibujitos de colores tan atractivos para nuestros hijos, que se supone que aportaban hidratos de carbono fundamentales, pues resulta que llevaban más grasas trans de la cuenta, contando con que los niños se enganchaban a ellas sin remedio.

Por lo demás, doy fe de que nunca compré para mi casa refrescos ni comidas precocinadas, y tampoco gasté en chucherìas de quiosco. Pero sí es verdad, que hoy sabemos mucho más de alimentación y de las características y composición de los productos que tomamos y que nos venden en los supermercados, gracias al etiquetado y sus normas, junto con la abundante información procedente de médicos y nutricionistas, además de las páginas web de las autoridades sanitarias.

No obstante, a pesar de lo mucho que nos informan, en general estamos comiendo peor que hace treinta años.