OCUQue si son muy malos por esto o muy buenos para lo otro, milagrosos o venenosos; cosas así aparecen en las redes sociales en relación con los alimentos. La revista OCU de este mes les dedica el reportaje:”¿De qué nos acusan ahora?. Bulos sobre los alimentos”. Creo que es hora de recobrar el sentido común y no hacer caso a todo lo que se menea en internet, sin tener una base científica o unas fuentes fiables.

Características del bulo: propagación en modo viral por la red, autor anónimo, ficticio o que suplanta a alguna persona o entidad real. Suele tomar como origen los datos publicados en estudios, aunque los interpreta caprichosamente, concluyendo a su libre antojo. Cita además a una autoridad respetada o creíble, empleando un lenguaje técnico para dar mayor credibilidad a su exposición. Y por último, habla en términos de alerta, exhortando a la más urgente difusión del mensaje, y justificando que la información se ha ocultado a la opinión pública. Hasta aquí el proceso del bulo.

Ejemplos tan frecuentes como llamar nociva a la leche de vaca o al azúcar veneno refinado, son algunos ejemplos de bulos en los que las víctimas son los alimentos. En general son afirmaciones sin fundamento científico, teorías fuera de contexto e incluso inventadas. Pero, dada la insistencia en las redes, acaban creando alarma entre la población.

Algo así ocurrió con el aceite, que, tras la denuncia del etiquetado como aceite de oliva virgen extra siendo lampante, llegó a afirmarse que este fraude era generalizado en todos los envases, advirtiendo del peligro de comprar aceite de oliva.

En realidad son rumores falsos o interesados y muy perjudiciales, porque divulgan hechos inciertos que, a fuerza de repetición, llegan a influir en nuestros hábitos de consumo.

Es cierto que la industria alimentaria ha provocado ciertos escándalos en algunas de sus actuaciones, llevándonos a sospechar la ocultación de datos. Además, tampoco los medios de comunicación se posicionan correctamente, difundiendo a veces informaciones con escaso rigor y algo de sensacionalismo, consiguiendo que los alimentos denunciados acaben en total desprestigio.

La consecuencia más inmediata es el beneficio de algún otro sector de la industria alimentaria, como el de los alimentos funcionales, que vienen a ofrecer el remedio para esos supuestos defectos. Y al final, quien se cree celíaco o intolerante a la lactosa –sin diagnóstico médico- optará por consumir estos nuevos alimentos.

Los bulos podríamos clasificarlos en:

Superalimentos: atribuir propiedades extraordinarias a determinados alimentos (brócoli, bayas de goji, cúrcuma, etc., como cualidades anti cáncer o protectoras, o poseedores del secreto de la juventud. En realidad no hay evidencias de estas afirmaciones. La variedad en la dieta es la única garantía de salud para el organismo.

Ayuno: se refiere a la práctica del ayuno total (solo agua o ingestas mínimas), por supuestos beneficios en vitalidad, regeneración, desintoxicación, etc. Se basan en las prácticas antiguas de otros pueblos, por efectos místicos y rituales, así como los cambios metabólicos. Pero los estudios realizados hoy no indican beneficios respecto a los que siguen una dieta sana. La restricción calórica extrema sí puede tener efectos negativos, como carencia de hierro, hipoglucemia, pérdida de masa ósea, cálculos biliares, etc.

Dietas detox: insisten en la conveniencia de seguir periódicamente una dieta para purificar el organismo y limpiarlo de posibles toxinas, a base solo de zumos de frutas o verduras durante varias jornadas. Esta teoría no tiene base científica alguna. Frutas y verduras aportan a nuestro organismo propiedades saludables imprescindibles, pero abusar de ellas es perjudicial (como irritación del intestino). Nada como la variedad en la alimentación.

La conclusión, siempre la misma: hay que comer de todo, y cuanto más variado, mejor. Y, por supuesto, no hacer caso de este tipo de bulos digitales.

 

Fuente: revista OCU-Compra Maestra, mes de julio.