COLADOS--644x362Las cifras sobre la pobreza y el aumento de las desigualdades sociales en España ponen los pelos de punta.  La suerte de pertenecer a la clase media-media (ni alta ni baja), que afronta la madurez sin grandes deudas y con cierto desahogo cómodo para afrontar gastos corrientes e imprevistos,  hace que tal vez no veamos más allá de otros escenarios reales. Como voluntarios comprometidos que somos en casa, colaboramos con diversas organizaciones y eventos solidarios, pero también visitamos estas entidades en sus sedes, observando sus logísticas y sus modos de trabajar. Solo sabemos que cada día se donan más alimentos y se pagan más alquileres, facturas y ayudas a familias sin o con escasos recursos. Para muchos españoles la vida está muy difícil.

A riesgo de que mi opinión sea considerada políticamente incorrecta, empiezo a preocuparme por la idea de que estamos haciendo crónico un modo de ayudar, un estilo de sufragar y una forma de cubrir necesidades que el gobierno debería asumir.  Hemos pasado de la abundancia económica y los gastos sin control, a una situación de desequilibrio, de imprevistos y de desesperación para muchas familias que antes consumían sin problemas. Y ahora, hay quien no sabe cómo encarar el futuro, sobre todo cuando se ha cumplido cierta edad y no llegan ingresos por trabajo.

Me contaba el otro día una monja ya anciana, pero que trabaja (no colabora) en un comedor social de Cádiz, cómo iba saludando a todos los mendigos que veía por la calle, muchos de ellos transeúntes y sin techo, pero usuarios del comedor. Decía que en sus carteles pedían para comer, y que ella entonces les recordaba que habían desayunado, almorzado y cenado buena comida y caliente, recién guisada (me consta, he visto sus cocinas). La religiosa aludía a que en las ciudades todo aquel que tuviera necesidad podía o bien comer en el comedor abierto, o bien, llevarse los avíos para casa para cocinar allí, con una mejor dignidad e intimidad familiar.

Por otro lado, veo repartir cajas de alimentos, algunas con productos que ni siquiera son básicos y que no sé exactamente dónde y cómo acabarán. Sé que en los economatos sociales (dónde se sufraga el 75% del precio de cada producto), los usuarios piden laca de uñas u otros artículos que en realidad no son básicos. Y los párrocos (como coordinadores de Cáritas), admiten que muchos que vienen a pedir alimentos o ayuda económica les están engañando.

No me gusta este tráfico sistemático de alimentos en cajas, aceptado –creo- sin demasiados controles, al menos en algunas asociaciones solidarias. Sí es cierto, que los alimentos que van a los comedores sociales acaban en el  mejor destino, directamente en la cocina y en las mesas. Pero en otras ocasiones, eso de dar por dar, me produce una cierta desconfianza. Y no se enseña a pescar.

En fin, el tema de ayudar con alimentos es muy complejo de analizar y resolver. Las asociaciones al parecer, no coordinan sus bases de datos para evitar duplicidades de usuarios, eso lo sabemos todos. Y hay que respetar la buena fe de quienes quieren atender necesidades sociales, sobrevenidas con la dichosa crisis económica, que aún está sin cerrar para muchísimas personas en España.

No obstante, creo que habría que buscar soluciones para estas familias, muchas de ellas con menores, que también están en un mayor riesgo de exclusión social, y resolver sus carencias de un modo más activo, más efectivo y más digno. No vale pedir y dar porque sí.

Y, como ejemplo de buena gestión a mi entender, el caso del economato social de Sevilla, en el que las familias costean el 25% de sus compras y al precio de coste (alimentos e higiene básica), aprenden a administrarse y llevan a su casa lo que realmente necesitan.

Los problemas sociales son de todos, y deben preocuparnos porque son el mayor obstáculo para conseguir un mundo un poquito mejor.