Marcha faros portadaHoy domingo un grupito de animosos, románticos e inquietos ciudadanos hemos caminado por la carretera de La Caleta hacia el islote del castillo de San Sebastián, en Cádiz, para terminar junto al faro del mismo nombre. El pobre cumplió el pasado año su primer siglo de vida y apenas le felicitaron, excepto la Asociación de Amigos de los Faros de Andalucía. Ahora, con su imponente estructura metálica, está rodeado de obras de recuperación en el recinto antes militar al que pertenece. Portábamos una pancarta de un azul luminoso, en el que la Asociación manifestaba su demanda: que se abran los faros al público, que puedan visitarse.

Ahora los faros están más solos que antes, aunque igual de aislados. Asisten silenciosos a los mismos sonidos del mar, del viento azotando sus lentes unas veces de poniente y otras de levante. Huelen el salitre que a veces ensucia sus cristales. Viven el amanecer y la puesta del sol con sus mil matices sobre el cielo y el horizonte. Si los faros hablaran….podrían contar miles de historias de aventuras navales, productos de eternos y cíclicos conflictos fraguados en tierra. Mi bisabuelo, mi tío abuelo y mi abuelo fueron fareros, unos funcionarios de vida laboral continua, de escaso sueldo y de mil incomodidades, pero que con su trabajo salvaron a muchos navegantes de perderse en noches sin estrellas. Las nuevas tecnologías lo rigen.

En este blog he contado dos visitas a los faros de Trafalgar y Punta Carnero respectivamente, donde mis abuelos pasaron largas temporadas con sus hijos más pequeños. Años difíciles, conflictos bélicos, desastres humanitarios, circunstancias que rodearon su estancia en estos faros, que asomaban más allá de lo visible en tierra. Y por encima de todo eso, la personalidad de mi abuelo sobre las dificultades. Cumplía escrupulosamente con su trabajo nocturno y diurno, atendiendo al faro y su encendido puntual; ayudaba a los hijos de los pescadores del lugar, como maestro improvisado, cuidaba de su familia, y, estoy segura, amaba a su segunda mujer -mi abuela- con respeto, admiración, y sólida felicidad.

Marcha Faros2 copiaLos faros trajeron empleo a mi familia, aunque inestabilidad domiciliaria. Pero nunca hubo problemas de inadaptación, a pesar de las múltiples incomodidades y de ocasionales aislamientos. Ellos –mis abuelos- vivieron en ellos y procuraron ser felices y sacarle partido a su estilo de vida. Mi madre y mis tías me hablaron mucho de esa época.

Hoy domingo, en una manifestación minoritaria pero seguida por los tres medios de comunicación más importantes de Cádiz, hemos caminado hacia el faro de San Sebastián. Queremos que no se olviden, y que la Administración permita que se abran a los ciudadanos, y que los ciudadanos aprendan a amar los faros. Porque se ama lo que se conoce, y para conocer hay que rebuscar en el interior. Y el interior de los faros es su alma, el alma del encendido, de la guía de los barcos en la noche, de la luz eterna de guardia.

Faros que ya son nuestros, que son parte de nuestra historia y del arte de la tecnología del pasado y del presente. Queremos estar en su interior, queremos subir al cielo a través de su interior.

Queremos que se abran de vez en cuando. Y seguiremos insistiendo.

Y aquí os dejo el manifiesto que leyó el presidente de la Asociación de Amigos de los Faros de Andalucía, Francisco García Martínez:

Vosotros, que la mayoría sois gaditanos, lo habéis visto  cientos de veces, pero ¿cuántos de vosotros lo ha visto por dentro, cuántos habéis visto sus escaleras, su lente? Cientos de veces  habéis visto el faro desde la Caleta pero… ¿habéis visto alguna vez la Caleta, el Campo del Sur, la Catedral desde el Faro?  Hace unos meses el presidente de cierta autoridad portuaria, justificando el cierre de estas torres a la población me decía que “los faros no son miradores”. Es cierto, como cierto es  que los faros no se construyeron para convertirlos en hoteles.

En Andalucía tenemos 30 faros, más de 20 podrían abrirse a la población sin el menor problema, no hay que hacer ningún experimento arriesgado para ver si el tema es viable o no: el experimento ya está hecho y es un éxito. Se llama Faro de Chipiona. 17 años abierto al público, con cerca de 4.500 visitas el año pasado y funcionando tan bien como cualquier otro faro andaluz.

Los motivos de seguridad que alegan las autoridades portuarias para prohibir las visitas son simples excusas y Chipiona lo demuestra. Los costes, más de lo mismo: un seguro de responsabilidad civil que cubra posibles accidentes le costaría a la autoridad portuaria 600 euros al año. Las horas extras de los técnicos que lo abriesen una tarde al mes pueden cambiarla por una mañana libre. Entonces  ¿qué es lo que hace falta para que las autoridades portuarias de Andalucía nos dejen conocer nuestros faros? Muy simple: que quieran hacerlo, que se sienten a hablar de cómo hacerlo.

Detrás de esa puerta, de veintitantas puertas como esa, hay encerrada historia y cultura, historia y cultura que no nos dejan conocer. Las llaves que abren esas puertas las tienen ellos, pero la razón y la fuerza para que las abran las tenemos nosotros: solamente tenemos que unirnos y exigirlo.