Faro Punta Carnero4Como miembro de la Asociación de Amigos de los Faros de Andalucía, sigo el blog con noticias de la Asociación, y todas las charlas o artículos sobre el apasionante mundo de los faros. En el de Punta Carnero estuvimos hace poco tomando un té, y conté la experiencia de la visita. Pero hoy quería colgar el texto que mi tío Lucas Fedriani Andrés escribió allá por 1941, contando su estancia en aquel faro pequeño y acogedor, frente al estrecho de Gibraltar, con su padre –mi abuelo- como farero de vocación.

«La distancia del faro de Punta Carnero a la ciudad de Algeciras, es de diez kilómetros y seiscientos metros, cifra que no he olvidado, pues la andaba dos veces al día, ya que a mis quince años, conseguí ser nombrado abastecedor del Faro, para atender a las dos familias que formaban la dotación del mismo.

Por la realización de tal menester, recibía la cantidad de quince pesetas diarias, cantidad nada despreciable por entonces, con lo que ayudaba a mi padre.

un te en el faro4Nuestra estancia en el faro, coincidió con la segunda guerra mundial, por lo que prácticamente estábamos en zona de guerra y por tanto mi padre consiguió que nos consideraran como militares y pudiéramos beneficiarnos de los suministros de intendencia, cosa importante en aquel tiempo de carestía, por lo que mi asistencia diaria a Algeciras era obligada.

En el gallinero del faro, frente a la entrada, no había gallinas, sino dos militares españoles en un pequeño hábitat, en el que tenían dos camas cuarteleras, una emisora de campaña, un telémetro y sendos cuadernos con las siluetas de los más importantes navíos que integraban los comboyes, que abastecían el Peñón, para que éste después sirviera de nodriza al resto de la flota inglesa, y que eran identificados por ellos, antes incluso de su arribada a Gibraltar.

Estos militares, que no lucían graduación visible alguna, iban diariamente con un sobre cerrado a llevar el parte al Gobierno Militar de Algeciras, pero solamente uno de ellos, el otro quedaba permanentemente como de cuartel.

Uno era vasco y se llamaba Docio y el otro gallego llamado Carballo, y gracias al cual, debo el haber probado por primera veza la rica empanada gallega, hecha con amor para su “filiño” allende Galicia.

El vasco Docio, era un atleta y muchos días coincidía con él para ir a Algeciras. Un día logramos emplear solo cincuenta minutos en recorrer los 10,600 kilómetros, que nos separaban de la ciudad.

La batería de Punta Acebuche, situada en un montículo existente tras el faro, también dada su mayor altura, ejercía una eficaz observación del Peñón, sobre todo de los emplazamientos artilleros y cuya localización por algún miembro de la guarnición, era recompensada con un mes de permiso y el ascenso a cabo.

Dicha batería, disponía de un camión militar para sus aprovisionamientos, que era conducido por Juan Manuel, un joven soldado de Getares, que muchas veces me recogía por la carretera, cuando me veía tan cargado con las talegas de la compra.

Pero mi padre no era muy partidario de ello, dado que cuando iba en dirección a Algeciras, raro era el día que no llevaba uno o dos prisioneros, de un campo de concentración, también existente y próximo a la citada batería, con dirección al Hospital Militar. Muy amarillentos, posibles afectados de tifus.

La ventana de la cocina del faro, enmarcaba en su totalidad toda la vista del Peñón, por lo que nos servía para detectar los comienzos de los frecuentes bombardeos aéreos de los alemanes y que era la señal para abandonar el faro y correr hacia una alcantarilla de la carretera situada a unos cien metros.

El hecho de que tanto mi madre como mis hermanas, no alcanzaran en estas carreras unas marcas aceptables, dio pie a que mi padre las descalificara y las enviara a nuestra casa de Cádiz, quedándonos los dos solos, pues aquello ya era bastante peligroso”.