cajas de ahorrosUn 5 de agosto de 1842 se fundó una caja de ahorros, El Monte, hoy desaparecida como la mayoría de las cajas en España. En su recuerdo, vuelvo a publicar sobre ella, aunque en esta ocasión sea reproduciendo un artículo aparecido en las cabeceras del Grupo Joly, escrito por el profesor José Ignacio Rufino. Me han parecido muy interesantes sus reflexiones sobre el porqué de su desaparición.

«Colorín Colorado….

ÉRASE una vez que en un país que también se llamaba España -pero que no se parece mucho al actual Estado del mismo nombre, y menos que se va a parecer- existían unos bancos que no eran bancos, porque eran fundaciones y no sociedades anónimas, y porque tenían tanto ánimo de lucro como obligación de acometer obras sociales. De hecho, buena parte del mecenazgo cultural, o sea, de la industria cultural, dependía de esos no-bancos, de forma que al desaparecer aquellas entidades financieras de cercanía, pegadas a territorio y a sus clases menos privilegiadas y a sus pymes, también se volatilizó buena parte de la actividad cultural de aquella España en acelerada metamorfosis. Se llamaban cajas de ahorros, y los directores de sus sucursales eran señores de casi tan estable presencia en los barrios como el quiosquero o el farmacéutico, alguien que te recibía y te escuchaba, y tenía cierta capacidad de hacer concesiones a unas malas: era comprensivo y daba la cara, y no una mera correa de transmisión de consignas inflexibles que provenían de invisibles sedes en territorios lejanos o inalcanzables plantas de imponentes rascacielos.

La culpa de la extinción de esta munificente especie bancaria-pero-no-demasiado la tuvo, paradójicamente, la injerencia de los representantes democráticos del pueblo: una fórmula financiera democrática laminada por los políticos democráticamente electos. Los políticos jugaban a financieros, instalándose en los consejos de administración de las cajas o siendo teledirigidos desde los gobiernos autonómicos o municipales. Pero no tenían mucha idea del oficio y, lo que es peor, forzaban a la entidad a negocios ruinosos o a acciones de política económica que, lamentablemente, sólo en algunos casos tenía como motivación el bien común y el desarrollo económico. En realidad, las cajas fueron responsables -solas o en compañía de bancos de verdad, gobernantes con el viento en popa y desavisados ciudadanos que creyeron la eterna revalorización del ladrillo- de la llamada “burbuja inmobiliaria”, que nos hizo creer durante más de una década que éramos ricos y productivos y competitivos y arrebatadores, para estallarnos en las manos despidiendo el gas sarín de la destrucción económica por todos los rincones de aquel país. Las decisiones de muchos políticos y sindicalistas cajeros, en demasiados casos, nada tenían que ver con las racionalidad y la gestión del riesgo, sino con operaciones de alto riesgo y pelotazos urbanísticos variopintos, por no hablar de los sueldos y planes de pensiones y finiquitos que se autoconcedieron precisamente por haber sido capaces de llevar a las cajas que regían a la miseria y, postreramente, a la desaparición. ¿Parece una locura, verdad? Pues sí, eso es lo que fue. Una locura, y un repelente ejercicio de codicia, rapiña e ignorancia institucional.

Cuando las pobres cajas tenían activos muy inferiores a sus pasivos -agujeros negros de balance- además de un riesgo brutal de morosidad e insolvencia, el Estado las asumió y reflotó hipotecando a los ciudadanos por un montón de años. Con el tiempo, muchas desaparecieron, otras fueron absorbidas por bancos de verdad, en un proceso negociador de complejos tomas y dacas entre el Estado y los pocos bancos fuertes que sobrevivieron, siempre supervisado por severos poderes exteriores. La solución final avino en julio de 2014: una caja catalana, la última, fue subastada entre los cuatro de los seis o siete supervivientes a la bomba química de los años oprobiosos. Sin embargo, como pueblos galos resistentes a Roma, dos cajas originarias y sensatas quedaron vivas en recónditos territorios: Caixa Pollença y Caixa Ontinyent eran quizá el baluarte de la resurrección de las cajas. Aunque esto, la verdad, es un cuento. Esto último, digo».

José Ignacio Rufino

Economista, profesor de Organización de Empresas de la Universidad de Sevilla

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