Hace un par de semanas que terminé el libro de Ana Isabel Gutiérrez Salegui,  que por cierto leí con mucho interés. Su estilo es más que ameno y sus explicaciones son más que comprensibles, haciendo de la obra un tratado de gran curiosidad y utilidad para el consumidor de a pie que tenga las mínimas inquietudes.

Soy poco o muy poco consumidora de televisión, y además de la que no tiene publicidad, con lo que apenas me llegan los mensajes sobre alimentos y cosméticos que llevan afirmaciones rotundas de sus supuestos efectos milagrosos. No obstante, siempre te salpica algún anuncio de revistas (tampoco soy de ellas por cierto) o incluso de los que se cuelan por las redes sociales. Pero la publicidad nos invade y nos condiciona a todos.

El libro Consume y Calla me parece un estudio muy riguroso en la línea de encararse abiertamente con las multinacionales de la alimentación, de la dietética (comercial por supuesto) y de la cosmética (algo mucho más subjetivo), para aclarar y destapar los engaños o seudo verdades en las que basan sus campañas comerciales. Y esto se estaba haciendo más que necesario. La autora razona manejando todos los argumentos legales para la investigación más primaria, dejando así al descubierto las grandes lagunas de información que tenemos los consumidores, lo fácil que es convencernos de la supuesta bondad de un producto, y, lo peor, la necesidad de una lupa para leer todo lo que viene en las etiquetas de muchos artículos, y que quiere ser ocultada de manera interesada.

Aunque poco asidua de los centros comerciales, es cierto que cada vez que piso un gran supermercado salgo embotada ante la contemplación de tanta estantería llena de productos ininteligibles, cuyas propiedades o funciones no tengo muy claro, cuando lo que voy buscando es un simple yogur blanco, el de siempre.

Nos han llenado la vida de superficialidad, cuando por otro lado estamos enfermos de obesidad y de cultura del precocinado rápido. En las grandes ciudades, sobre todo, donde reinan las prisas como mal crónico, perdemos el sentido de nuestras necesidades, tal vez influidos por lo momentáneo, lo rápido, lo inmediato.

Me agrada leer publicaciones como ésta, que deberían servir para hacernos pensar, desconfiar y filtrar lo que nos conviene o no; y lo que supondría una selección que nos privaría de muchísimos superfluos o innecesarios, que nos hacen gastar porque sí.

Llevo varios años en los que estoy prescindiendo de múltiples artículos en alimentación: yogures enriquecidos, tés drenantes de farmacias, lácteos complejos, mantequillas con vitaminas, y no sé cuantos artículos funcionales más. Está claro que la salud del consumidor quiere ser dirigida por grupos de poder sin escrúpulos. Pero el bienestar puede estar en nuestras manos, en la comida variada y primaria, la que hacemos en casa y que viene de la compra en fresco. Y también está claro que el adelgazar cuesta sobre todo a ciertas edades, y no sirven los apresuramientos ni los records.

El libro me ha encantado en su orientación y en su excelente documentación. Solo tengo un pero que poner, y es el dedicado a la cerveza: producto que me evoca reuniones de amistad, relax y buen acompañamiento a los platos fuera de casa. La autora habla de que vino y cerveza están indicados para personas sanas, porque son para disfrutar, y no como suplementos alimenticios. Estos argumentos son actualmente objeto de debate entre investigadores (tal vez pagados por firmas sospechosamente cercanas). Por lo demás, está claro que hay que cocinar y no callar nunca.