Seis años de blog de cocina casera, junto a la teoría aprendida en mi ya notable biblioteca de temas afines, además de la práctica en la cocina y sus experimentos, han ido consiguiendo hacerme evolucionar en mis preferencias, mis costumbres y en mis creencias alimenticias. Estoy hablando solamente de prácticas culinarias, porque mis principios básicos son inamovibles: sigo siendo aficionada al Cádiz y al Betis, aunque anden por las categorías más mediocres.

Iré pasando lista a mis fundamentos:

En la dieta, he perdido el miedo a los hidratos de carbono, porque sé que son absolutamente necesarios. Eso sí, debo mantenerlos a raya si quiero perder algún kilito. Pan, arroz y pasta son elementos prestigiosos en toda dieta.

Sobre los proveedores, tengo que decir que apenas entro en los centros comerciales. Poco a poco me he ido organizando para comprar en los mercados de abastos y en algunas tiendas especializadas. Los alimentos frescos lo agradecen.

Para la compensación de los excesos, he abandonado las soluciones drásticas como tomar solo fruta en la cena. Ahora me decido por una toma equilibrada de alimentos, aunque en menor cantidad, y así, poco a poco compensaré las comilonas de excepción que confirman la regla.

Hemos olvidado el pan envasado, pues ahora tenemos más tiempo para salir a comprar pan casi a diario. Durante muchos años he consumido pan de molde por su durabilidad. Incluso el pan envasado que dice ser “de pueblo” me sienta mal. ¿Qué le estarán echando al pan?.

En relación con los huevos, no encuentro el término medio. Los que venden como ecológicos son carísimos, en relación con otros, cuyo código numérico empieza por 3, y que no llegan al euro la docena. ¿Es tan difícil conseguir un precio y una calidad mediana y sensata?. Lo bueno sería encontrar huevos de corral de confianza.

Demasiada variedad en los yogures, con lo que se hace difícil encontrar un yogur blanco –normal o desnatado-, de los de toda la vida. Creo que las etiquetas de sus envases inducen a confusión. Da miedo ver esas estanterías llenas de yogures con toda clase de acompañamientos. Apuesto por el yogur sencillo.

Me niego a comprar alimentos funcionales. Sí, ésos que tienen añadidas tantas vitaminas, nutrientes, minerales, calcio, etc. Entre otras cosas, son muchísimo más caros, y sus beneficios no están muy claros. Los alimentos cuanto más simples, más confianza dan.

Las galletas, ausentes de mi despensa. Ha sido cuestión de tiempo. Ahora nos acompañan las tortas de aceite de siempre, el pan para el aceite y las nueces. A medida que pasan los años, empiezas a notar los efectos de los alimentos superfluos.

No me están gustando los preparados adelgazantes, porque creo que una buena dieta es fundamental para soltar esos kilos de más, sin necesidad de otras ayudas “químicas”. Y que conste que durante algún tiempo, gasté mucho dinero en estas cosas.

Estoy disminuyendo las raciones de comida, porque estoy convencida de que para la vida que llevamos comemos de más, sobre todo por la noche. Hay que aligerar los platos.

Y creo en la bondad del ejercicio físico para conseguir –entre otras cosas- quemar el exceso de calorías. Las cosas son más fáciles de lo que parecen, y hay que mover el cuerpo a diario para compensar nuestras entradas/salidas metabólicas.

Lo ecológico no tiene por qué ser lo mejor. A veces no se sabe el verdadero origen de estos alimentos certificados como biológicos. Eso sí, me fío de los productos que vienen de nuestro entorno más cercano, de nuestra provincia, tal vez incluso son más frescos.

Seis años que me han servido para ser algo más selectiva en la compra de alimentos, sin renunciar a la sensatez en los precios. Creo que estos cambios de opinión son absolutamente lógicos para cualquiera, viendo lo que vemos a diario en el mercado de la alimentación.