Dadas las fechas, me he decidido a publicar este texto, tal vez un poco largo, tras asistir en febrero pasado a un foro organizado por la asociación de mis antiguos compañeros de caja de ahorros, y defendido como ponente por uno de ellos, José María Lobo Almazán, de gran recorrido en cargos cofrades, concretamente en la Hermandad de San Bernardo de Sevilla. “El papel de las hermandades a lo largo de su historia y la evolución de sus cultos externos” fue el título de la conferencia, que tuvo lugar el 12 de febrero en la sede de la citada corporación, que además nos mostró su magnífico patrimonio.

El ponente se apoyó en la tesis elaborada hace 10 años por Silvia María Pérez González, que empleó el archivo de protocolos de los años entre 1441-1504, años en los que ya existían 91 cofradías en Sevilla, en su mayoría hospitalarias.

Es de todos conocido que las hermandades, y más en estos momentos y en esta ciudad hispalense aún más, son un fenómeno social, económico y religioso, porque entre otras cosas son quienes abanderan la mayoría de los cultos. Las Cofradías nacen por piedad y por cultos, y no mueren nunca. Se trata de un legado de historia, con unas entidades laicas que son las más potentes (mantenidas por los laicos, desde la Edad Media). Se sabe incluso que estas asociaciones fueron anticlericales y anti-cofrades.

Como definición, las Cofradías son asociaciones de laicos unidos para fines cristianos, con la aprobación eclesiástica y real. Sus fines han sido el culto a los santos (siglos XI,XII y XIII), a María (Siglo XII), y a Cristo (Siglos XIV y XV), pero también con otros fines, a través de gremios, hospitales, etc. Hoy representan asociaciones de penitencia, con salida de pasos a la calle. Sus elementos son la contemplación de los misterios, en dónde los hermanos recuerdan el dolor y sufrimiento de Cristo. En Sevilla sabemos muy poco de la historia, hecha de mitos, leyendas, etc., pues no hay mucha documentación.

En el siglo XV, las advocaciones eran de las hermandades eran a un santo, que incluso se repetía en otras, y estaban dedicadas a oficios, eran gremiales, que desaparecían cuando faltaba el dinero, y se centraban en la caridad u obras sociales. No obstante, no tenían peso en la ciudad. Por ejemplo, en 1512 no se citan las cofradías en los escritos de la época.

En el siglo XVI, las hermandades resurgen con las cofradías de Veracruz, aprobándose la primera regla en 1538, y fundándose en mayo de 1448. El conjunto de reglas de estas entidades son de gran interés. Entre sus fines se habla de la fe, se describe el lugar de cultos, se fijan los cabildos como órganos de gobierno, y se distingue entre hermanos de luz y de sangre (los que se autoflagelaban). También se fijan las cuotas y el juramento de las reglas para formar parte de ellas.

Uno de los actos institucionales que se pierde es el entierro cofrade, en el siglo XIX, así como el carácter hereditario para ingresar en la cofradía. Y uno de sus fines era el cuidado a los enfermos de la hermandad. Su labor asistencial era lo más importante, así como la ayuda a los hermanos presos por deudas, el vestir a los pobres, etc., es decir, hacían una gran labor social.

En el siglo XVI, tras el Concilio de Trento que potencia las hermandades, éstas se barroquizan; es la Iglesia triunfante, y nace la Inquisición, con la estabilidad de la monarquía, siendo las cofradías un refugio. En este siglo ya tienen que pedir licencia al arzobispo para fundarse. En el siglo XVII las hermandades crecen, con pasos, crucificados, vestiduras de vírgenes, y sus palios. De 1611 es el silencio, el paso de la Virgen y las canastillas. Por ejemplo, la del paso del Gran Poder. Se nombra hermano al Rey y se crea el título de pontificia, por hermanamiento con alguna hermandad en Roma. Las hermandades construyen capillas, y hay manifestaciones públicas, donde todas quieren competir en brillantez. Los cortejos procesionales son bullicio y fiesta profana para llamar la atención. Por ello se prohíbe que salgan de noche. Se cambia el tejido de las túnicas (más bastas). Los participantes no pueden llevar el rostro descubierto. Se pierde el silencio y la compostura. Todo ello hasta bien entrado el siglo XVIII.

En este momento, surge la estética barroca, con asociaciones de hombres en las que pueden estar las mujeres como hermanas de segunda categoría. Y en las cofradías hay hermanos ricos que salen a presumir. El siglo XVIII, Sevilla es la ciudad de las cofradías. Cada parroquia contaba con 2 cofradías (de ánimas y sacramental), con un total de 210 hermandades. Eran tiempos en los que el pueblo iba a misa a diario y se rezaba el rosario 2-3 veces al día; los rosarios eran públicos cada noche, y el Ángelus también. Había entonces en Sevilla 300 campanas y 1200 altares. Solo la Catedral sevillana contaba con 82 altares y daba 500 misas diarias.

En la segunda mitad del siglo XVIII, se convierten en un mal teatro, y se pide un proceso de reforma de las cofradías por el gasto que hacen. Se solicita un censo de hermanos de toda España. Se fusionan entonces con las más potentes, como en San Bernardo por ejemplo, y empieza a caer el fenómeno de las cofradías.

El siglo XIX es convulso en acontecimientos. Más tarde, los franceses roban y se llevan de España gran parte del patrimonio de las cofradías. Tras la desamortización de Mendizábal, las hermandades sacramentales se empobrecen y se hunden. Son los influyentes Duques de Montpensier quienes con su ayuda económica levantan las cofradías en Sevilla.

Concluido el sexenio revolucionario, el Ayuntamiento de la ciudad apoya a las hermandades, como reclamo turístico (palcos, carrera oficial, subvenciones….).

Llega más tarde la República y la guerra civil, que fue catastrófica. Desde 1937,  empiezan a subir, pero ya no son románticas, ni tienen su antiguo encanto. Las que se fundan entonces van en línea ascendente, con apoyo de los militares. Se celebran actos para impulsarlas, unidas a los gremios, como antes (por ejemplo, Santa Marta, cofradía de la hostelería).

En los años 60 hubo un parón, con el Concilio Vaticano, que hizo que después de él no fueran populares estas hermandades y sus manifestaciones. No obstante, luego recapacitan, y llega un cambio a partir del año 1973, en el que remontan, contando todas con diputaciones de caridad, que gestionan el 15% de sus ingresos.

Actualmente, las hermandades en Sevilla, realizan recogida de alimentos, juguetes, campamentos, colaboración con Cáritas parroquiales, actuaciones puntuales (mujer, talleres, ancianos, comedores sociales, etc.), incluso apoyo a separados, y sobre todo, su gran labor ha sido la conservación y defensa del patrimonio.