Como el viejo chiste que escarnecía la crisis de la posguerra: un huevo para  quince. Pero aquí resulta que el óvulo del avestruz tiene suficiente contenido como para quince hermosos platos. Esto quedó sobradamente demostrado el pasado sábado en el restaurante Casa Miguel, de San Fernando, donde un grupo de amigos capitaneados por Pilar y Juan Antonio del blog Tubal, nos invitaron a compartir un huevo de avestruz a la flamenca elaborado por el cocinero Miguel Ángel López, que previamente habían adquirido días antes.

Además, tuvimos ocasión de degustar el vino blanco seco “Matalian”, una delicia recién nacida de la Bodega chiclanera de Primitivo Collantes. También estuvo presente la Regañá Don Pelayo y sus excelentes picos gourmet, y los vinos de Baetica Molsum y Antinoo, de los que ya hablamos en su momento.

El acto protocolario comenzó con el posado ante los medios blogueros de los colegas del huevo protagonista, y por este orden: codorniz, gallina, oca y finalmente avestruz. Todos ellos son potenciales proveedores de la mejor proteína alimenticia. Eso sí, los tamaños importaban, y sobre todo la dureza y resistencia de la cáscara del ave corredora, que necesitó un perforador eléctrico con varias pasadas para ser abierto. Todo un trabajo que fue seguido por la concurrencia antes de entregarlo a la cocina, su fin último, para caer en manos del Chef Miguel Ángel, responsable de la transformación.

Una rica ensalada de bacalao, un cazón en adobo, un magistral revuelto de salicornia (de diez) y unas tortillitas de camarones de las de verdad, fueron los entrantes que precedieron el plato estrella: el huevo tamaño familiar hecho como barbacoa, rodeado de pimientos rojos y verdes, tomate frito, patatas cocidas, lonchas de jamón y chorizo picado. Un auténtico festín de color y sabor, con derecho a mojar el pan y a rebañar la cazuela, que hubo quien lo hizo sin pedir permiso.

Pero había más: unas torrijas jugosamente obscenas y un arroz con leche con una cremosidad fuera de lo corriente. Todo ello culminó la aventura de compartir un mismo cuerpo, un mismo núcleo celular, en quince participaciones “preferentes”.

En cuanto a los vinos, subrayar que el blanco de Collantes se adaptó perfectamente a los platos participantes y que los tintos especiados de Baética pusieron el punto para los postres.

En fin, una experiencia digna de ser contada y blogueada, sobre una mesa colorida, compartida y disfrutada.