Se aliña la carne picada con ajos también muy picados, algo de cebolla, perejil, chorreón de leche ligera, un huevo batido y la sal justa. Hay que dejar esta mezcla en la nevera mínimo una hora y máximo una noche. Luego viene lo mejor: formar las bolitas. Pensamos que para este grupo de chicos de educación especial, esta práctica sería un buen ejercicio de cocina. Y todos se pusieron a ello, menos Jose (sin acento, porque lo llaman así). Sus manos tienen una pequeña rigidez y deformidad, como sus piernas, que no se flexionan al caminar. Pero a Jose le está empezando a gustar la cocina.

Cuando pusimos la carne aliñada dentro de una fuente en medio de la mesa, él nos miró para –sin palabras- justificar su incapacidad. No podría hacer las pelotitas, sus manos no le responderían. El resto del grupo empezaba a formar las albóndigas poco a poco. Era cuestión de entrenamiento.

Pero Rocío –compañera del proyecto Cocinando Tu Futuro- se puso junto a él, cogió sus manos y puso entre ellas la medida exacta de una albóndiga, y comenzó a guiar los movimientos y a mostrarle la técnica de la preparación. Jose se asombraba. Era capaz de mover sus palmas y dedos con cierta coordinación, la necesaria para igualarse al resto del grupo. Y de sus manos empezaron a salir albóndigas, que llenaron en un momento la fuente de cristal, junto a las formadas por sus compañeros. Esto de la cocina era un buen invento para él y para todos, un buen motivo de confianza y superación.

Y cada día, en clase, Jose no se separa del fuego. Coge el asa del perol, maneja la cuchara de palo, mira atentamente cómo se va pochando el sofrito. Y mientras tanto, sus ojos no paran de brillar al descubrir estos pequeños experimentos cotidianos que son la cocina. Habla poco pero expresa mucho.

Como bloguera, me interesa vivir de cerca todo lo relacionado con la gastronomía –eventos, demostraciones, degustaciones, …- , pero descubrir lo que ocurre en el interior de esta modesta cocina de prácticas con chavales tan especiales, esto no tiene estadísticas, es simplemente un pequeño milagro de la química casera que es nuestra cocina diaria.

Y aquí -creo yo- gana por goleada el valor de la comunicación.