Ha sido de pensamiento, palabra y obra, lo reconozco. Deseé ardientemente el plato, pero también se lo dije a todo el mundo como un ejemplo a seguir; y luego me las comí con pasión, junto  a una cerveza fresquita. Y para colmo, cometí a la vez falta de omisión, porque podría haberlo compensado con una verdurita y no lo hice. Pero estas croquetas tan maravillosas que me hacen salivar sin interrupción solo de mirarlas, junto a unas patatas fritas de verdad, es que…. me superan.

Bendito plato, hecho con rigor y sin mentir a nadie ni en el contenido ni en la técnica empleada. Porque en él estoy segura que trabajó un cocinero o cocinera que así se gana la vida, con duros horarios y escondido tras la puerta de los fogones del bar, pasando casi desapercibido.

En el examen de conciencia, pensé que el pecado debe cometerse con todas sus consecuencias y no con medias tintas. Y yo confieso mi culpa: adoro las buenas croquetas y las patatas fritas auténticas, que para remate llevan hasta su mayonesa. Una composición de la carne del puchero y de nuestros cultivos de Sanlúcar de Barrameda. Calorías intensas pero sinceras.

Y lo peor es que a estas alturas aún no he empezado a arrepentirme….

¡Qué bueno poder contar el pecado y desahogarse!. Y muchas gracias al blog por permitírmelo.