Tenía una ristra de temas pendientes para publicar en el blog (yo, tan organizada), y de repente me he quedado en blanco. Cosas que pasan. Con desesperación bloguera me he puesto a repasar con la vista los muchos libros que tengo en esta habitación, dedicados a la cocina, la nutrición o la gastronomía geográfica. Pero la verdad es que, en esta tarde desapacible, no me apetece abrir manuales de dietética o alimentación sostenible con demasiados razonamientos.

Me he levantado de mi asiento y he entrado en la cocina. Y ahí estabas tú: presumiendo de olor, sabor y color, con puro brillo. Y me he dado cuenta de que eres uno de los fundamentos más puros, decentes y auténticos de esta cocina, en la que muchos quieren meter mano impúdicamente.

Sabes lo mucho que te necesito. Mis arroces, revueltos, guisos, potajes…. no serían nada sin ti. En mis clases de cocina te ensalzo como la piedra angular de las recetas. Muestro el tipazo de tu arquitectura a los demás, y enumero tus muchas propiedades. Mi querido sofrito, eres imprescindible en cualquier cocina. A partir de ti comienza el sentido de la vida culinaria.

Sé que lo das todo, con todas las variedades que los productos te permiten. Por eso nunca eres aburrido. Cada día trabajas vestido de una forma distinta. Admites cualquier ingrediente sin preguntar por su ideología y la improvisación es tu gran virtud. Cebollas, ajos, pimientos, verduras… todos mueren contigo. El aceite de oliva es tu mejor aliado. Te admiro profundamente por tu gran generosidad.

Y lo más importante, nadie osa anunciarte en televisión ni en los folletos del supermercado del barrio. Una superestrella genérica como tú solo trabaja para quienes lo valoran.

Querido sofrito, permíteme este pequeño y gran homenaje por los muchos buenos ratos que nos has hecho vivir. Sigue a nuestro lado, cubriendo paelleras, sartenes, cazuelas y peroles, que disfrutan contigo igual que los humanos que cocinamos. No trabajes nunca con papeles, tú vales demasiado.