No lo oculto, soy una joven prejubilada desde hace dos años (bueno, así me veo yo). Y aunque quiera estar al tanto de los últimos gritos de la actualidad y presumir de agilidad virtual, mental y digital, la edad me acerca inexorablemente al momento de la jubilación, o lo que es lo mismo, al término Inserso. Esa conclusión saqué allá por octubre en la jornada en la que hicimos la subida del río Guadiana, excursión con un grupo de excompañeros –también prejubilados y jubilados, claro- , y junto a un grupo de guiris con camisetas de tirantes, bermudas y chanclas, y con más kilos que nosotros, para que luego digan.

Hasta el viaje en autobús y el embarque en Villarreal de San Antonio todo era normal. También lo fue el bello recorrido por el río Guadiana, aunque el frío viento nos dejó helados incluso con la moderna cazadora vaquera; temblaba más viendo a las guiris con las chanclas, ¡Qué horror!.  Impresionante el momento de pasar debajo del puente fronterizo que une Ayamonte con Villarreal. Y nuestra cámara fotográfica trabajando a tope.

Ya el guía del barco comenzó con las explicaciones megafónicas acerca del almuerzo, subrayando a propósito del menú que el pescado viajaba a bordo con nosotros, y que, por ello, una vez en el restaurante habría que esperar tres cuartos de hora para que la comida estuviera lista. Es como si llevas a casa invitados para comer pero al llegar con ellos tienes que ponerte a cocinar. Deprimente.

La venta-bar-retaurante o lo que sea era muy espaciosa. Dada la espera, nos advirtieron que el pueblo –Fox O´Deleite- era tan pequeño que no tenía nada más que ver: ni tiendas, ni chiringuitos ni monumentos. O sea, que lo único que podíamos hacer en la espera era tomarnos una o varias cervezas. Marketing realista.

Y vuelvo a la descripción del salón: amplio y equipado con bancos de madera corridos, donde una señora –supuestamente responsable del lugar- nos iba colocando según su criterio y autoridad, como a los niños del colegio, no permitiendo que ningún hueco quedara vacío. En ese momento nos miramos sin saber qué decir. Se supone que teníamos que acatar las costumbres del lugar.

Cayeron dos o tres cervezas frías. Al poco aparecieron las cestitas con el pan (riquísimo), el tomate aliñado (magnífico) y varios platos con sardinas a la parrilla que son las mejores que he comido en mi vida, y que repetí varias veces por auténtico deseo. El menú finalizó con un pollo en trozos hecho a la brasa.

Entonces se abrió la veda del vino, un blanco portugués embotellado en garrafas, que se servía desde la pequeña barra del salón del restaurante. La novedad era que el vino se pedía gritando con pasión desaforada al público ¡Viva Portugal!, cosa que lógicamente hicimos todos. ¡Qué corte!

Y una vez terminados los platos y agotadas las existencias de sardinas (nos obligaron a rematar las pocas que quedaban, como a los niños en los comedores escolares), el camarero, el guía del barco, la responsable de la sala y los ayudantes del restaurante, se transformaron en animadores musicales. De repente apareció un señor con un acordeón con cara sonriente y suficiente, moviéndose por las mesas, como si llevara el mejor show musical del año. También salió de la cocina un señor con raftas postizos y una matraca de colorines. Le seguían los demás con varios instrumentos casposos que fueron distribuyendo entre los comensales: panderetas, sonajas, triángulos….más o menos como los que tocan los campanilleros navideños. A mí me iba a dar algo….

Pero no me dio. El grupo de artistas “locales” cantaron de todo, incluido Los Pajaritos de la acordeonista también jubilada María Jesús. Los y las guiris disfrutando a tope, en un pasacalles friki. Yo no sabía qué hacer y opté por meterme en la conga muerta de risa.

Aquello era de película de Berlanga. El vino se agotó y la marca Portugal se hizo cada vez más solvente. Y repito que las sardinas fueron las estrellas del día.

La experiencia vivida me marcó inevitablemente. Alrededor de una comida organizada puede suceder cualquier cosa. Y nunca pensé que bailaría al son de un desfile de acordeón e instrumentos alternativos.

Desde aquel día y para compensar, procuro ser vista en todos los gastrobares de moda, e incluso pido tostas de sardinas….