Abierta desde 1804 pone en el toldo de su fachada. Aparentemente conserva su estructura y distribución original. Carnes de caza y cocina tradicional jandeña pone en su tarjeta de presentación. Hace unos días nuestro amigo gastrónomo e investigador Manuel Ruiz Torres describió en una crónica su paso por el Ventorrillo El Carbón. Yo intentaré contar en clave de modesta bloguera mis impresiones del almuerzo del pasado domingo. Medina Sidonia cuenta con una selección de excelentes productos del campo y caza, que unidos a una interesante historia, convierten este lugar en un auténtico placer para los sentidos gastronómicos.

Ya junto a la barra podemos contemplar estanterías con pan típico de la zona, así como las regañás y picos, además de una gran variedad de chacinas. Las ventas siguen siendo lugares de acogida del caminante, después de haber recorrido varios kilómetros de carretera, ahora con vehículos modernos y confortables. Pero es lo mismo, uno llega deseando comer y beber, al mismo sitio que otros lo hicieron hace más de 200 años.

El Ventorrillo El Carbón, situado a la entrada de Medina Sidonia (Cádiz), lleva dos años con una nueva dirección: Francisco J. Ortega Peralta, que junto a sus dos hermanos mayores han recorrido todas las variedades del mundo de la hostelería. Ahora ofrece una cocina tradicional de calidad con una elaboración propia. Por ello la cocina de El Carbón transmite.

Un lomo en manteca abrió el menú a modo de delicatessen jandeña, que ciertamente estaba magnífico. A partir de ahora –al menos para mí- se trató de ir descubriendo platos elaborados al modo de Medina Sidonia, como fue con las “Cachuelas de conejo”, (asaduras) presentadas sobre una tosta de pan y rodeado de una guarnición de espárragos. El plato es de lo más completo nutricionalmente hablando.

Un deseado plato de tagarnina esparragá puso la nota silvestre de la zona, dispuesta alrededor de un huevo cuajado. Una elaboración más que solvente, una delicia. Siguieron las cabrillas con tomate, con un punto ácido y picante, muy al gusto de la zona.

Y enseguida nos pusieron sobre la mesa un pisto de la huerta, con un sabor fuerte del tomate y con pimientos rojos. Magnífico plato de verduras, imprescindibles con tanta cocina de carne.

Y con gran admiración recibí el arroz con liebre, que antes de probarlo sabía de su calidad, y así fue. Un arroz de premio.

Pero aún quedaba probar una cola de toro muy jugosa con patatas fritas. Este plato era inevitable en la Venta El Carbón. Y para finalizar, el pollo de campo en salsa me dejó con la boca abierta.

Además de cambiar impresiones con el gerente, Francisco Ortega, -un gran cuentaplatos- felicité a María, la cocinera, cuya sensibilidad en este tipo de cocina se palpa y se saborea absolutamente. Un trabajo riguroso y profesional.

En una venta la cocina es su principal objetivo. Se trata de aprovechar las posibilidades que ofrece la zona a través de las distintas estaciones del año, como por ejemplo, los espárragos, que están disponibles cuando deja de llover.

Comer en una venta es otra cosa, para los que apenas salimos de las capitales. Y creo que los caminantes de hoy necesitan esa misma cocina tradicional y local, aunque en menores dosis.

El Carbón es un establecimiento para disfrutar cualquier día de la semana, como hace 200 años. Y lo más curioso es la buena impresión que uno se lleva después de haber comido opíparamente, al ver el total de la cuenta. Todo es el encanto de comer en una venta.