Fernando Fedriani Martel, joven y gran escritor y pariente mío, desde Facebook escribe estas reflexiones sobre esta noche, y me ha permitido publicarlas en Comeencasa. De su último libro, Magia para Torpes, hicimos una crónica en este blog.

Son las cinco y media de la tarde. Me encuentro en Sevilla, esta noche es nochebuena y mañana será Navidad. Sin embargo, el cielo se ha enladrillado y pende sobre nosotros una ciclogénesis explosiva, que viene a ser una tormenta de las de toda la vida, solo que con un nombre algo más sofisticado.

Supongo que resulta bello que todos regresemos al punto de origen, cada vez que se pone a cero el contador del calendario. Por desgracia, cada día tengo más claro que el “lugar de origen” importa poco menos que nada, en comparación con el “lugar de destino”. Se nos suele asociar al lugar del que procedemos, cuando solo escogemos la dirección de la que nos marchamos. Quizá por eso detesto tanto los rasgos señeros que son estáticos. Nuestra valía verdadera debería medirse siempre en función de nuestro avance y no de nuestra primera caída de la cuna.

Si fuimos ricos o pobres, no importa. Si nuestro talle es distinguido, tampoco. Lo importante es para cuánta gente hemos llegado a ser importantes, si hemos inscrito nuestro nombre en alguna cota memorable, si tenemos los pies gastados y la voz cascada, o si hemos enterrado nuestros talentos como coleccionistas codiciosos de sellos. Por ese motivo, me alegra no seguir teniendo los mismos amigos. Me alegro de haber cambiado mi relación con mi familia. Y las tradiciones solo me gustan cuando se anclan en el tiempo solo lo justo, cuando van cambiando, cuando son un caleidoscopio de personas, de miradas y de brotes de olivo.

Desde pequeños nos venden que la familia es una entidad inmutable, que responderá por nosotros y que nos dará cobijo cuando lo necesitamos. El problema es que creces y que te descubres odiando tus raíces, repudiado de muchos lugares, exiliado a otras culturas, portador de unas alforjas con demasiados boquetes. Nos enseñaron que todo seguiría igual a nuestro retorno, pero no es verdad. El problema estriba en ser otros ya a nuestro regreso o en no querer volver. En haberte quedado en el campo de batalla, tirado y yerto, tumbado e inerme, con el pecho destetado por tantos balazos.

Supongo que el recuerdo es un balcón al que podemos asomarnos cuando no hace frío. Supongo que las calles parecen más grandes cuando no somos pequeños. Sospecho que todos los niños se ríen de los chistes que nos dan pena, cuando somos adultos. Y supongo que la Navidad es un precioso campo de minas, sobre el que da lo mismo pisar con hueso firme o con las comisuras de los dedos. El efecto y el afecto son lo mismo. El efecto y el afecto no remueven más ni menos, a sabiendas de nuestra cautela.

Desde siempre me gustó mucho el verbo “cauterizar”. Juan José Millás jugaba mucho con él en una de sus novelas. Me parece muy poética esa imagen de que el fuego, al quemarnos, cierra nuestras heridas. También me resulta curioso que el frío queme, literalmente. Tirando todos los esquejes sobre el tapete, reflotándolo todo como las enaguas tendidas al viento, sale el corolario que une el frío, el dolo y la sanación de los vicios de otro tiempo. Estamos aquí, en el lugar de siempre, pero ya no somos los mismos de siempre. El ser que fuimos ha muerto desalmado. Ahora nos toca arrastrar nuestro propio cadáver. Nosotros mismos. A tierra, firmo. Como si verdaderamente hubiera salvación para nosotros.

Cuando eres niño te resulta incomprensible que la Navidad sea triste y ocre para tanta gente. Supongo que los estatutos de uso y disfrute de estos días fueron redactados por niños. Algunas veces, así lo parece. A saber: “Regla número uno. La ciudad quedará decorada con luces de colores. Regla número dos. Los niños recibiremos regalos al despertar por la mañana. Regla número tres. No habrá colegio”. Y mucho más. Estoy seguro de que los estatutos navideños los escribieron los niños. Por ese motivo para ellos tiene sentido todo lo que solicitaron y no son conscientes de toda la melancolía que desata, cuando creces.

Me gusta el verbo “desatar”. Es bonito también porque es una “prueba del nueve” capaz de discernir todo lo que es libre de lo que es esclavo. ¡Hagan la prueba! Las cosas que al ser desatadas se marchan muy lejos, esas son libres. Si al desatar algo preso no se marcha del lugar de la custodia, entonces queda probada su esclavitud. Me gustan los globos de helio porque cuando los desatas, se marchan lejos; son libres. No me gustan los globos rellenos de oxígeno, porque se quedan en el mismo lugar, aunque los destraben. Me gustan los animales salvajes, pues tratan de marcharse de la linde. No me gustan las fieras amaestradas, pues sus cepos son meramente nocionales.

Quiero ser libre. Necesito volar muy alto para ver la ciudad desorientada de guirnaldas. Sospecho que así tendría sentido el ulular de centellas de voz, de guirlaches policromos de la alameda. Me gustaría tejer un sueño que fuera un mosaico de verdades, desprovisto de penachos ornamentales: quiero ser libre. Quiero prenderle fuego a la memoria. Necesito olvidar que la memoria es un balcón al que puedo asomarme cuando no hace frío, solo.

Pero se marcha esta hora, este campamento base queda anidado por la leche matriz de la ciclogénesis explosiva. Ha explotado el temporal y se vierte sobre nosotros el ácido bautismal, que viene a empañar los remiendos de los pantalones de pana que echamos a lavar, y que no regresaron al cajón porque nuestra madre decidió que ya no quedaba vida para ellos.

Mi madre siempre tiraba la ropa que más me gustaba, pues era siempre la que había aprendido a vivir conmigo. La disfrutaba, la amaba, la llenaba de raspones y de rajas telúricas. Y, sin embargo, por verla rota, ella la tiraba, la apartaba del samsara, como si todos los ciclos no merecieran ser infinitos.