Tal vez fue el pescado o tal vez el jamón, o tal vez ninguno de ellos. Uno de los dos alimentos o ninguno de los dos tuvo la culpa. Con un origen incierto, una fecha caduca de aptitud para el consumo, y la ausencia de un cocinado fuerte que hubiera acabado con los gérmenes conocidos. Aún no se sabe lo suficiente sobre este triste suceso mortal.

La cena –comida que a veces no recibe la importancia que merece-, se plantea con pocos elementos, dispuestos con rapidez. En esta ocasión, ha acabado con tres vidas rápidamente.

Asco de pobreza, de marginación, de incertidumbre, de triste vida que obliga a buscar comida en cualquier sitio, a recibir alimentos de cualquiera, a no poder elegir tu marca, tu variedad, tu envase, tu calidad, tu sabor….a no ser dueño de tu destino alimenticio, a no ser el capitán de tu mesa.

La comida una vez más, nos da la salud o nos la quita, unas veces lentamente, a lo largo de muchos años, y otras de raíz, sin avisar, el día o la noche que a ella y sus bacterias les dé la gana.

Masticar, salivar, tragar a diario, varias veces en el día, nos va fortaleciendo, regenerando. Nos puede hacer más humanos, más egoístas o  más indignos. Eso depende de muchas cosas.

No sé quien posee a quien: el alimento a nosotros o nosotros a él. Pero nuestra vida, buena o mala, está en sus manos. Y es lo primero que puede perder el hombre con su pobreza, la autonomía de su alimentación, el timón de su plato.

Y otros –la peor calaña humana- lo saben, lo permiten y se aprovechan en cualquier lugar del mundo.