“Como abras la boca mientras comes, te doy un guantazo”; “En la mesa no se habla, ¿en qué idioma te lo tengo que decir?”. ¿”Se puede saber a qué esperas para acabártelo todo”? ¿”Si no te lo comes, no crecerás”. ¿”Te cansas de oírme?, pues come de una santa vez y no me oirás más”. Son frases que casi todos hemos escuchado alguna vez en algún hogar a la hora de la comida, o incluso en el nuestro. Son amenazas frecuentes –y algunas mucho más duras, insultos incluídos- que podrían evitarse con otro tipo de conductas por parte de los padres con respecto a sus hijos, como predicar con el ejemplo, cosa difícil y poco valorada. Eso afirma rotundamente Julio Basulto, en su libro Se me hace bola, del que ya hemos hablado en este blog.

El autor del libro ruega que si utilizamos alguna de estas consignas autoritarias a la hora de comer, dejemos de hacerlo para siempre, ya que a largo plazo pueden conducir a diversos tipos de desequilibrios dietéticos y psicológicos.  Y es que algunos padres se toman como un reto personal el que sus hijos coman “como Dios manda”, como si estuviera en juego su propio prestigio de padres. Pretender controlar la alimentación de los niños aumenta –según Basulto- las posibilidades de que los niños padezcan obesidad en la edad adulta. Habrá que olvidar por tanto eso de “si te levantas de la silla no hay postre”.

Nada peor que generar ambientes negativos en la mesa, lugar que debería ser el punto de encuentro más placentero para la familia. Amenazar a los niños con castigos y frases coercitivas no sirven para nada. Hay que emplear otras tácticas educativas en el comer como en otras cuestiones. Y está demostrado que los padres que comen mal no pueden enseñar a sus hijos a comer bien, porque no predican con el ejemplo.

Hace unos días me comentaban unos amigos lo mal que comía una de sus nietas, explicando el suplicio de la hora de la comida con sus padres. Por lo visto en su casa se comía fuera de hora, no se cocinaba sino que se pedían precocinados, y toda la preocupación era ordenar que la niña terminara el plato. Está claro que con esta forma de administrar la mesa, eran de esperar las reacciones negativas de la pequeña. Es mucho más difícil cambiar los hábitos alimenticios para que los niños puedan aprender. No vale enseñar a comer por decreto.

Otra cuestión que se trata en este capítulo del libro es el hecho de aplicar diminutivos a ciertos alimentos superfluos: galletitas, chocolatitos, refresquitos, heladitos,…. Haciendo creer que estos alimentos son poca cosa, cuando es todo lo contrario. De hecho pone el ejemplo de media barra de pan (que nunca es diminutivo), y que aporta un solo gramo de grasa, mientras que la misma cantidad de galletas –galletitas- deja veinte veces más.

“Te lo compro, pero te lo tienes que comer todo eh?, “te tapo la nariz por tu bien, para que te lo tragues”. “A tu habitación y a oscuras, así hasta que comas”. Frases indeseables que convierten la hora de la comida en un mal trago para toda la familia y que deberían desaparecer de nuestros comportamientos como padres, porque hacen de la alimentación una herramienta de autoridad mal entendida.