Cuenta Julio Basulto en su libro “Se me hace bola”, -del que ya hemos hablado aquí- que a los dos años de edad aproximadamente y no siempre, el niño rechaza nuevos alimentos. Niños que antes comían perfectamente una serie de platos con naturalidad, pueden empezar a rechazarlos. Esta conducta infantil suele disgustar a los mayores, que se ponen muy nerviosos al darles de comer a sus hijos pequeños y encontrar estas negativas inesperadas. Hablamos de la neofobia.

El profesor David Benton, de la Universidad de Wales Swansea, indica que esta reacción es una especie de “mecanismo de supervivencia”, que “protege” al niño de alimentos que podrían ser dañinos. Por eso es muy normal que el pequeño nos llegue a utilizar a veces como “catadores” de los alimentos que intentamos meterles en la boca.  

No obstante, Benton propone una solución al conflicto (según publica en la  revista International Journal of Obesity en 2004), diciendo que lo mejor es despreocuparse de la neofobia, porque es una respuesta completamente normal del niño, que además, desaparece con el tiempo.

En este sentido, deberíamos reconocer que muchos de nosotros como adultos, no probaríamos en la vida determinados alimentos procedentes de otros lugares del mundo más o menos exóticos, por su aspecto, textura y porque también desconfiamos de ellos, atribuyéndoles efectos dañinos.

Y es que la neofobia se da también en los adultos, que por haber adquirido durante años hábitos negativos en la alimentación con sus familias, se niegan rotundamente a probar determinados alimentos.

Está claro que estas posturas desaparecen en muchos casos, como cuando el joven o la joven con sus padres no comía más que patatas con huevo o hamburguesa y que, ahora, cambia de raíz sus costumbres alimenticias en cuanto empieza a compartir otro tipo de cocina con su pareja, aceptando probar muchos alimentos nuevos.

Por eso, creo, que el tema de la neofobia es relativo tanto en jóvenes como en mayores, y que a la larga se va resolviendo simplemente no haciéndole demasiado caso, es decir, no atacando frontalmente al causante, y, por supuesto, teniendo a la vista variedad de alimentos en casa, tanto para acostumbrar a los niños como a los mayores, que, tarde o temprano decidirán probar lo nuevo y romper sus tabúes.

Y para concluir, estoy convencida de que el buen olor de las comidas es fundamental. Nada tan persuasivo como el aroma de lo que está elaborándose en la cocina, para despertar la curiosidad.