Durante muchos años no supe cocinar, solo tenía buena intención. Mis platos no sabían a nada, y me avergonzaba de mi torpeza culinaria… Malas técnicas, productos mediocres, y una cocina muy vieja y deteriorada. Y yo sufría mucho con todo esto. De hecho no invitaba a nadie a comer a mi casa, temiendo hacer el ridículo…. Y así pasaron muchos, años. Mi vida era pobre, sin alimento material ni espiritual, una cocina marginada por sí misma, sin sentido.

Un día que paseaba por la ciudad, me fijé en la cocina de un escaparate. Era preciosa, elegante y de muebles funcionales. Se ajustaba magníficamente al tamaño de mi casa, daba aspecto de ordenada y en ella cabían todos mis cacharros, todas mis ideas y mis sueños. Y sobre la marcha me enamoré de ella. Vi su precio, algo caro, pero hice cuentas y pensé que podría pagarla en cómodos plazos. Eso sí, después de lo que había sufrido con la vieja cocina,  quería comprar la nueva sin deber nada a nadie, para que solo fuera mía. Por ello, llegué a un acuerdo con la tienda para pagar la factura antes de que me entregaran el pedido.

La Casa de las Cocinas no entendió muy bien mi decisión, pero aceptó, y conservó mientras tanto la cocina en su escaparate. Yo iría a verla todas las semanas. Ése fue el trato.

Pasé dos largos años pagando puntualmente los plazos de la cocina, los días 5 de cada mes; al mismo tiempo me apunté a varios cursos, compré libros de recetas, pregunté a cocineros, y me hice con una batería de cocina más moderna, aprovechando rebajas y liquidaciones de tiendas. Al día siguiente del último cargo en cuenta, me llevaron la cocina a casa. Pero yo ya estaba en el paro, había dejado de pagar la hipoteca del piso y había agotado todos mis ahorros.

El dia de la entrega fue inolvidable. ¡Qué emoción! Llegaron muy temprano los montadores y con destreza se pusieron a arrancar de cuajo los viejos muebles, para instalar con rapidez los módulos de la nueva cocina, que además ya era mía del todo. Cuando se fueron, me puse enseguida a limpiar los muebles y los acaricié.

Miré entonces el interior de la nevera, y solo me quedaban algunas verduras. En la alacena tenía un paquete de kilo de lentejas casi lleno. Del aceite de oliva quedaban tres dedos, y entonces me puse manos a la obra.

Preparé un potaje de lentejas cuyo olor salía por la ventana. Mis vecinos, que conocían mi situación económica y laboral, vinieron a ver la cocina, y me pidieron comprar raciones de lentejas. «¡es que hoy se cocina poco»!, -dijeron-….Total, que menos un plato para mí, vendí el resto.

Cocina nueva, vida nueva, pensé. Conseguí dinero y esperanza para el futuro, porque aquel día decidí dedicarme a cocinar profesionalmente.

Pero mañana temprano, llamarán al telefonillo los del juzgado para desahuciarme. Yo les tengo preparado un buen plato de lentejas en mi nueva cocina, por si acaso….