A un concierto debe acudirse siempre “cenados” o “tapeados”, que luego al finalizar el espectáculo el estómago está muy enfadado y no hay quien lo aguante, porque, además, es difícil encontrar un puñetero bar abierto a esas altas horas. Por eso, el pasado 14 de agosto (miércoles) tuvimos la precaución de localizar un sitio decente para una cena “informal” de verano. El lugar, el bar Sol y Sombra, un clásico de El Puerto de Santa María. Se me olvidaba contar que actuaba en la plaza de toros del lugar nada menos que Miguel Poveda, grande entre los grandes, y crecido en el escenario hasta límites insospechados, y con todas las entradas vendidas en estos tiempos que corren. Ambas experiencias vividas, la musical y la gastronómica “informal”, tienen cabida aquí.

Introducción: una sola mesa libre en el establecimiento, tal vez porque llegamos justo antes de llenarse. Camareros atentos, mantel de papel y los cubiertos ya en su cestito, prestos a escuchar la comanda. Como entrante, unas zanahorias aliñadas riquísimas, y qué bien aliñadas. Las primeras cervezas ya estaban servidas, muy frías, con la espuma precisa. Todos nuestros deseos del momento estaban ya satisfechos.

El material: siguió una ensaladilla de gambas –de verdad, nada de palitos de yo no se qué-, con unas patatas en muy buen punto. No quedó nada en el plato. La segunda ración, choquitos fritos maravillosamente, que también duraron poco. No podíamos perdonar las croquetas, esta vez de jamón, que cumplieron las expectativas con holgura, y para terminar unos boquerones fritos –uno de mis platos de bar favoritos-, que prácticamente me cargué yo sola. Unas aceitunas y el pan y picos llenaron la mesa de nuestra familia, con seis personas más que satisfechas.

El ritmo: fue de lo más acertado, pues cada plato llegaba en su momento, sin apenas hacernos esperar, a buena temperatura y bien presentado. Se trata de especializarse en el tapeo tradicional de la bahía, pero de hacerlo en condiciones. No esperen tapas de diseño. Bien por Sol y Sombra.

Miguel Poveda, el concierto

Introducción: gran ambiente en los alrededores de la plaza, a la que accedíamos por primera vez. Colas para las localidades de graderío, sin numerar. Parece que el olor de la noche de El Puerto no varía aunque pasen muchos años. Nos sentamos todos y dos minutos más tarde, comienza el espectáculo. Buenos músicos empiezan a sonar.

El material: Miguel Poveda sale y se siente, y comienza con poemas preciosos, que expresan los sentimientos con elegancia y rotundidad. Un señor en el escenario. Potencia de voz inalcanzable, preciosa, que me recuerda a Manolo Caracol y sus quejíos. Él lo propone en sus letras y entran ganas de enamorarse de nuevo….Siguen alegrías clásicas, cantes por tientos (tan apreciados en mi familia). Poveda disfruta en la escena, juega con ella, pero la domina, la controla. Interpreta una murciana para aclarar su origen levantino, aunque definitivamente catalán. Continúa con cantes trianeros de Lole y Manuel….no falla, puede con todo. Su cante me gusta.

El ritmo: está claro que la copla está de moda, es popular. A mí no me molesta pero prefiero el flamenco de siempre o renovado, pero los cantes. Está claro que la copla le va a este artista completo, complejo y rotundo. Pero me quedo con sus poemas y sus tientos. Su estilo de largo recorrido” da para mucho, y con los diferentes palos nos hace disfrutar. Bien por Miguel Poveda, a pesar de estar convaleciente de una bronquitis. Su arte consiguió que se me fueran los pies, las palmas y que mis sueños se elevaran en el espacio.

Noche en El Puerto, con el mismo olor, sabor y nocturnidad de siempre, brillo en la bisutería de las mujeres y el pescao frito latente. Ciudad con personalidad y autoridad en la bahía gaditana.

Y sorpresa con Poveda, es más de lo que yo pensaba, un pedazo de artista. Tapeo y flamenco me ofrecieron garantías.