El sábado 27 de abril, un grupo de voluntarios de la Fundación Cajasol vestimos el polo azul de La Caixa, para unirnos y colaborar con otro centenar de voluntarios, en un evento organizado por la entidad catalana. La jornada consistió en una excursión a Almonte y la aldea de El Rocío, en Huelva, destinado a 400 asistentes, jóvenes y adultos, discapacitados de diversos niveles, familias sin recursos, además de internos que disfrutan del segundo grado carcelario. En resumen, colectivos en exclusión social. Para ello se coordinaron diversas asociaciones de voluntarios, entidades religiosas y sociales procedentes de distintos puntos de España. Se trataba realmente de un evento importante en número de personas, pero sobre todo de distintas realidades humanas.

La barriada de Rochelambert concentró los autobuses de Sevilla que luego se unirían a los llegados de lejos, con una primera parada en San Juan de Aznalfarache para recoger a una decena de grandes discapacitados. Éstos subieron a un autocar adaptado especialmente a sus limitaciones, con la ayuda además de varios voluntarios. Motores en marcha….salida.

En Almonte –engalanada por la visita de la Virgen- comenzamos el trabajo empujando sillitas de ruedas por terrenos de albero. ¡Cuánto molestan ocho centímetros de desnivel de acerado! y ¡Cuánto duele a los tetrapléjicos rodar por una calle de adoquines! En ese momento, enfermo y conductor son uno solo. Mi carrito, con Andrei a bordo, transmitía datos nuevos para mí sobre sus problemas en la calle. ¡Maldito accidente de moto! Antes, descubrí a Johnny, de edad indefinida, pequeñito, que viaja acostado en una mini camilla. Sus piernas van por libre, igual que sus brazos. Solo sus ojos saben decir Sí o No. Tal vez solo necesitemos ambas expresiones para vivir sin molestar. El viento es fresquito, y los voluntarios le ponen una rebeca fina al revés, sin moverlo. Él solo mueve los ojos.

En la iglesia, gente, flores, sillas y carritos, comienza la Eucaristía, con grupo rociero incluido. La Virgen está allí. Pero no todo el mundo desea vivir el momento, el recuerdo de su invalidez no le abandona. Sin embargo, uno de los reclusos hace una de las lecturas de la misa. ¿Cómo podremos salir del templo? La entrada fue complicada porque olvidaron la rampa. Ahora sí está, y ¡qué diferencia! El sol comienza a pegar en la explanada de los autobuses, y a subir de nuevo. Media hora dura la operación de embarque en el vehículo adaptado, según el orden establecido para optimizar el espacio. Una religiosa de Regina Mundi dirige la operación. El sol pega, y saco de la mochila un abanico publicitario para cubrir la cara de Johnny, que está indefenso ante todo. ¿Es esto vivir?.

Continúa el trayecto hacia El Rocío. Allí nueva operación de desembarco. Jóvenes alegres con flores y peinetas en el pelo. En el santuario, sin Virgen, escuchamos la historia de la aldea, su romería y sus saltos. Nada de esto me cala, lo siento, perdí de vista los carritos. ¿Quién los empujará? Muy cerquita, en la casa de la Hermandad de Pilas están preparadas mesas larguísimas y sillas para comer todos. Tenemos sed, llevamos algunos platos de entremeses y servimos garbanzos y arroz de preciosa paella, de más de un metro de diámetro. Comemos, charlamos, nos interesamos unos por otros, y buscamos el café en algún lugar cercano. Johnny está cuidado por un chaval joven, bien vestido, dulce, con zapatos náuticos… no sé su nombre, pero me entero de que es voluntario junto a su hermano,  y que se turnan en fines de semana para alimentar a Johnny por sonda, bañarle y hablarle a los ojos. Conocen su lenguaje, y ahora lo resguardan del sol. Dice el muchacho de náuticos que esto de cuidar a aquella figura de extremidades atrofiadas, sin postura definida ni expresión corporal, engancha, que engancha mucho.

Buen café y buena conversación. Espera para el embarque. Unos van más contentos que otros. A Miguel le han regalado un rosario de cera, que lleva al cuello, sobre al babero, y no para de sonreír…. Recibe pocas visitas en la residencia donde vive…. Pero otro mundo es posible ante tanta dificultad, y tal vez mayor crueldad.  Mientras, Johnny espera y su brazo derecho sobresale de la camilla. Temo que pueda lastimarse y sujeto su mano, pequeña, dócil, fría y suave. Él me mira a los ojos con sus ojos, su mayor tesoro comunicativo. Y ahora también hemos esquivado al sol.

No, no me caló la devoción ajena, ni el baile por sevillanas, ni el grupo cantante rociero, ni siquiera la paella exquisitamente decorada. Me llegó la mano de Johnny al final de un brazo atrofiado, deforme, fuera de la camilla, junto al sí o no de unos ojos.

Gran oportunidad la del sábado con la Fundación La Caixa, porque he conocido de primera mano el trabajo y la bendita “adicción” de otros voluntarios para hacer este mundo más humano. Son una parte contratante, que normalmente encuentra a la otra, la necesitada. Si el trato es bueno, las dos salen ganando. Si no hay encuentro, algo quedará sin hacer, y una persona sin dar.

Es hora de ir sacando de nuestro armario aquellos polos, aquellas camisetas que antes no nos atrevimos a llevar. Es hora de usar, no guardar ni reservar. El alma está junto a la carne de una pequeña mano que espera confiada.