Hoy he asistido a un taller de cocina japonesa en la Escuela de Hostelería de Sevilla, bajo el sugerente título de Sushi Party, por aquello de cocinar niponamente para los amigos de uno en casa, de modo relajado, invitando a la reflexión y el orden mental y doméstico incluso en el lavadero. He tenido ocasión de probar makis, niguiris y otras especialidades asiáticas. Pero antes de reportajear el curso completo, he dado preferencia a un hallazgo muy original (bueno, eso creo yo). Se trata de una tortilla japonesa, destinada al amancebamiento gastronómico con un sushi. El Chef ejecutor, Adolfo Ruiz, además es gaditano; no podía ser de otro sitio. Esta tortilla también se llama tamago.

Ingredientes: señores lectores, hay que tener preparado los dos pares de huevos de gallina (creo que eran cinco y sevillanos, no les pedí el adn), un poco de sal, el azúcar (sí, esto no cuadra, pero….) el mirim (es como una manzanilla japonesa), y aceite de girasol, por un lado; y el arroz para el sushi listo por otro, que se supone que el Chef tortillólogo es un experto en sushi y sabe lo que tiene entre manos, así que de eso ni pregunto. Sigamos.

Antes que nada, y para hacer boca, el cocinero dio a probar una tortilla japonesa “congelatti”, que, como era de esperar, no produjo exclamación alguna entre la concurrencia. Pero su sabor nos sirvió como referencia de mínimos. Había que contar con algún punto de partida.

Primero se baten los huevos al estilo universal y homologado. Al menos yo no he visto variación alguna en este capítulo y tampoco me he permitido hacer ningún comentario, que luego queda una como bloguera impertinente….luego se prepara una sartén convencional y se echan unas gotitas de aceite de girasol. Aquí si tuve la impertinencia de cuestionar el motivo de usar éste y no el de oliva (ya saben vds. que soy muy jartible con los productos olivareros), pero el cocinero me respondió que el aceite de girasol no aporta sabor alguno y de eso se trata…bueno, vale, acepté aceite de girasol como ingrediente de compañía….y sigo.

Una vez que el aceite se calentó, se le añadió como una cuarta parte del batido de huevos (esto se hace a ojo, sin peso ni medida…). Y a mí me extrañó después de escuchar comentarios sobre el carácter japonés…entonces se hace una tortilla francesa alargadita, que se arrincona a un lado de la sartén (bueno, ellos emplean sartén cuadrada, a juego con su cerebro, pero aquí no tenían….). A continuación, se vierte otro poco más del batido huevero, con el que se enrolla al cuajar la tortilla anterior, que se vuelve a arrinconar en la sartén. Y luego se pone más huevo batido que también envuelve a las tortillas anteriores…. Y así hasta acabar en una sola super tortilla francesa que lleva sal, azúcar y mirim, pero que está hecha con la misma técnica de un crépe.

No se pueden imaginar ustedes la atención mediática que se desplegó en ese momento. Móviles, cámaras, facebooks y twitteros, todos pendientes de cómo se iban encadenando estas tortillas hasta parecer una sola. El chef decía que le gustaba cocinar así, bajo presión…¡ole los gaditanos!

Bueno, una vez hecha y consolidada esta tortilla de tortillas, se saca de la sartén, se corrigen los bordes hasta dejarla totalmente alargada. Y entonces se corta como embutido. Cada trocito se le añade al arroz de sushi y a su vez se le ata con un trozo del alga ésa verde cuyo nombre no recuerdo ahora….

Total, que probamos la tortilla hecha sushi, que nos encantó, si bien comentamos que aquello en realidad era una bomba proteínica…. Pero los japoneses son muy intensos para todo.

Sugerencias tortillológicas del Chef: en lugar del mirim, podríamos haberle puesto algún oloroso de Chiclana (que para eso él y yo llevábamos la voz cantante en el taller….). Y por otro lado, lamentamos que los japoneses aún no hayan conocido las papas de Sanlúcar, que habrían quedado de lujo en esta tortillita del Sol Naciente.

Conclusiones: la tortillología nunca muere. Levanta pasiones en Sevilla, en Alemania (¡socorro!) o en el mismísimo Japón. Está sujeta a la evolución humana y siempre se digiere bien. Y, desde luego, que los blogueros somos muy peligrosos. De momento voy a reportar al Sr. Monforte, fundador de los estudios de tortillología, a ver qué opina.