Son ya 34 años pasando por un arco como éste, aunque cada año tenga una arquitectura diferente. Pero supone entrar en una ciudad provisional,  ruidosa, colorista, alegre, y que se mira solo a sí misma. Una feria que el sevillano domina como nadie y que los que no hemos nacido en esta ciudad seguimos con entrega y admiración, aun reconociendo nuestra ignorancia en su filosofía básica y original. Montar y decorar casetas es una tradición arraigada de toda la vida.

Mucho dinero se mueve durante esta semana. Aquí la música, el caballo y sobre todo la gastronomía son las protagonistas. Lo demás es cuestión de decorados y de cerramientos, fronteras y vallas que delimitan el espacio familiar y del círculo de amigos que caracteriza a la feria de Sevilla. En mi casa entra solo quien yo quiero, y esto es así.

No obstante, la feria siempre tiene algo mágico. Cada año te reencuentras con amigos perdidos u olvidados, jubilados, prejubilados, destinados lejos…. Con parejas rotas y con parejas nuevas. Cada año escuchas sus problemas, sus preocupaciones domésticas y laborales, y sus enfermedades, y ves cómo han crecido sus hijos. Las casetas se convierten en hogares de grandes familias, que en general, practican su ala protectora entre ellos. Porque quien puede entrar allí y consumir manzanilla y raciones no suele estar afectado por la crisis, es decir, que aún tiene cierta autonomía económica.

Fuera de las casetas, hay un mundo muy rico y muy pobre. El primero, con viajeros en coches de caballo a más de 1.000 euros diarios. Y el segundo con el colectivo de  vendedores de flores, de tabaco….ahora la mayoría gitanos rumanos. No hay que olvidar que los servicios siguen funcionando en la ciudad, y que trabajan muchos en bares, quioscos y en las mismas cocinas de las casetas, con unos horarios interminables, unas temperaturas insoportables y tal vez unos sueldos irrisorios.

Feria de Sevilla, fiesta en la que nunca me sumergí del todo, porque al estar dentro nunca olvidé lo que ocurría fuera. Y como ocurre en las mejores familias, no siempre somos sinceros en nuestras expresiones, sino que buscamos por encima de todo el llevarnos bien y eso tiene sus consecuencias.

Y Sevilla, la ciudad que no me ha dado nada y sin embargo me lo ha dado todo sigue estando ahí cada mes de abril, con su presunta superficialidad y su puesta en escena única y envolvente. Es el albero que respiramos, un polverío limitado a un espacio y a un recinto efímero, que luego se concentra en nuestras narices y que olvidamos al meter en la lavadora el traje de flamenca.

Suenan las cuatro sevillanas -cada año distintas también- y yo sigo mirándome en tus ojos, los mismos de siempre, que siempre me dicen la verdad, y eso no tiene precio.