No hay sitio mejor que un bar para contarnos cosas y cuentos (¿historias tabernarias?)….y hasta el barrio de Sevilla Este nos fuimos el pasado martes 19 para dedicarnos a saborear una vez más la cata literaria de microrrelatos organizada por Taller de Palabras. El lugar –Anká- es un pequeño local de tapeo mediterráneo, con vinos andaluces y decoración moderna y acogedora. El establecimiento acaba de cumplir siete años de vida, en la conocida avenida de Emilio Lemos. Tiene una amplia y atractiva carta que cambian con frecuencia, y en esta ocasión a los asistentes catadores nos ofrecieron un tinto Gibalbín, vino de la Tierra de Cádiz, de Bodegas Barbadillo. El evento no estuvo dedicado a ningún cuentista en particular, sino a una selección de autores de microrrelatos rompedores e inquietantes, por planteamiento, extensión y «chulería» literaria, que de eso van los cuentos cortos. La noche, lluviosa y desagradable. El vino, un tinto joven de 13 grados, hecho con variedades de uva tempranillo, syrah, merlot, carbernet y un toque de tintilla, una uva tinta muy especial venida de la localidad gaditana de Rota. Su color cereza ponía un toque de seducción a las letras negras de los cuentos que luego se cataron minuciosamente.

Pusimos rumbo a la literatura en miniatura seleccionada por María José y Marta, socias de Taller de Palabras, ayudadas por Carlos Castro, colaborador y aportador de matices en estas letras de grupos menudos. Éramos conscientes de que eran pequeños pero intensos sorbos y que debíamos poner a prueba nuestra capacidad de análisis e imaginación. Algo así como que para muestra basta un botón, digo una copa…El microrrelato se lee deprisa y se piensa despacio. También esta especialidad tiene defensores y detractores.

Para empezar: “El dinosaurio” de Augusto Monterroso (1959) : “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Y éste es todo el cuento, más corto no lo hay, y sin embargo ha dado lugar a tesis universitarias…el cuento es el género que más implica después de la poesía. No nos presenta la historia de una vez, sino que exige la imaginación de lector, causada por el escritor en el cuento, en dónde el primero tiene mucho más trabajo que el segundo. El cuento del dinosaurio marcó una época, a pesar de no ofrecer un motivo. Con ello se demuestra que el recurso fantástico es muy usado en los microcuentos, y que casi siempre relacionamos lo que leemos con lo que hemos leído… El cuento de Monterroso derivó en otros cuentos sobre el mismo título.

A continuación, con la segunda copa de Gibalbín se repasaron los microcuentos de terror: “El fantasma” (Guillermo Samperio)……. (sin texto, el cuento más corto del mundo, solo tiene titular, al que siempre va unido el cuento, y que aquí no se ve).  Aprovechando el espacio al máximo, con dos personajes implícitos, protagonista y antagonista, en una historia, en un tiempo. Otra propuesta: «¿Ernest Hemingway?»; “Vendo zapatos de bebé. Sin usar”. Otro microrrelato inquietante, a modo de anuncio en prensa (tal vez se imagina uno la absoluta pobreza). Hay que ser detective en los microcuentos. Pero cumplen su misión si nos hacen reflexionar con más o menos violencia.

Derivando ya hacia otros tipos de textos, aparecen los componentes poéticos en formato literario o visual, como en “La búsqueda” de Edmundo Valadés…. “Esas sirenas enloquecidas que aúllan…..”.

Sale en la degustación la obra de Ana María Shua, una escritora de microrrelatos con efectos en la forma y en la palabra como material. Terminó el análisis con el cuento “El Final” de Fredericd Brown, escrito a modo de un viaje en el tiempo en palíndromo, todo un gran trabajo de imaginación.

Los microrrelatos aparecen en el siglo XX, por si alguien no lo tiene claro.

En esta ocasión han pasado por nuestros ojos, olfato y boca diversos cuentos, la mayoría amenazantes por la función principal de estos microrrelatos. Por ello ha sido positivo probar un solo vino, a modo de tinto de la comunicación entre cuento y cuento.

Gracias por la cata a Taller de Palabras y gracias por el vino al bar Anká.