En busca de la única estrella Michelín que le queda a Sevilla a estas alturas, nos vimos en el Restaurante Abantal, situado en la calle José de la Bandera, en los alrededores del antiguo acueducto de Luis Montoto o Puerta de Carmona. Julio Fernández, chef y propietario al frente del establecimiento, ha cumplido en él siete años de antigüedad. Nuestra visita fue de lo más apetitosa.

Algo escondido a la vista, el Restaurante Abantal luce fachada y decoración minimalista, elegante y discreta, con un interior relajante y funcional. Se define como de cocina andaluza de temporada, cuya carta se renueva periódicamente, pero siempre con productos populares andaluces, como tuvimos ocasión de comprobar.

Entrar en el Abantal supone aislarse del ruido del tráfico cercano y de las imágenes de un barrio moderno y residencial pero también con algunos edificios de oficinas. El local cuenta con pocas mesas, para un máximo de 30 comensales, que gracias a la buena disposición de éstas y a su forma redonda, es posible mantener un agradable nivel de conversación.

La breve y voluntaria espera en barra se nos acortó y amenizó con unos snacks a base de papas aliñás con atún, zanahorias aliñadas, galleta de chorizo y parmesano y croquetas de borriquete y pargo. Todo esto en cantidad mínima, con la suficiente intensidad para dejar el buen y definido recuerdo de sus intensos sabores, la mayoría de esta tierra.

Ya sentados en la mesa, pedimos los platos –un entrante y un plato principal además del postre- con la prudencia de lo aconsejado para una cena, que no un almuerzo. Y, creo que elegimos sabiamente.

Un capuchino con alubias pintas con espuma de patata, un yogur de foie con compota de melocotón y frutos rojos, un tartar de pulpo de Conil con crema de tomate y aguacate; siguió merluza de pincho con crema de camarones tostada con navajas y pluma ibérica de bellota con guiso de remolacha, ciruelas pasas y patata.

No sé cual de los platos me gustó más que los otros, pero por citar, subrayaría la merluza de pincho, exquisita, jugosísima, con una delicada textura que nunca he tenido ocasión de probar hasta hoy, yo tan enamorada como soy del buen pescado. El resto, sin duda, todas grandes elaboraciones dignas de un maestro. Por algo no es fácil contar con una estrella Michelín en el firmamento gastronómico. El visitante siempre esperará algo especial, superior, extraordinario.

Los postres, que compartimos como buenos amigos: bizcocho de pistacho, cardamomo y sorbete de limón y poleá ligera con pestiño y helado de canela. Para finalizar, leche con porras de café-chocolate blanco con frambuesas y tejas de cacao. ¡Sensacional!. Al mosaico de fotos me remito para ilustrar la narración.

El vino de Toro que compartimos, recomendación de nuestros acompañantes, excelente: Liberalia Cuatro 2007, tinto uva tempranillo.

El positivo paso nocturno por el restaurante Abantal culminó con una factura razonable en relación calidad/precio. Aquí se hace buena cocina y Sevilla necesita  referencias como ésta. Excelente cena complementada con la mejor compañía, imprescindible para disfrutar de la buena gastronomía.